Lucía
Lucía, en su juventud, lo miraba directo a la nuca. Cuatro segundos, cinco si había mucha humedad, y él se daba vuelta, correteo de ojos y otra vez: la cuidadísima indiferencia. Lucía no desistía y jamás bajaba la mirada (no era táctica, simplemente le gustaba mirarlo a la nuca). Sabía de memoria los centímetros que separaban la línea recta del prolijo corte de pelo con navaja hasta el lunar sobre el omóplato izquierdo. Cuando soñé con Lucía en su juventud, entendí por qué mucho tiempo después lograba calcular las tazas de harina “a ojo”.
Lucía no era una mujer hermosa. De hecho todavía no era una mujer-mujer. Hacía equilibrio con harta gracia entre una cosa y la otra. Llevaba el pelo cortado “desprolijamente” para la época (cosa que sólo hacían las chicas de edad) amarrado con una ancha cinta bebé en un pequeño moño. Tocaba a Schumann en el piano, y, cuando nadie estaba en casa, apretaba todas las teclas del piano juntas y reía. Usaba el famoso colorete en las mejillas y se comía las uñas en público. Un día se levantó, arrancó todo el papel tapiz lavanda de su habitación y dijo que “estaba grande”. Otro día soltó un lagrimón cuando su sobrina arrancó el ojo izquierdo de Hilaria, la muñeca de trapo. Ocultaba, como su madre, las anchas caderas bajo una falda almidonada. Lucía lucía escotes los domingos, en la plaza luego de la misa. Pero la niña no podía abandonar a sus rosados zapatitos de estilo ballet. La regla le venía exactamente cada 28 días, pero era incapaz de llegar a horario a ninguna cita. Así se debatía, Lucía, en la frontera del País de Nunca Jamás. Y el otro desconsiderado que entre miradas indiferentes la tironeaba, y la tironeaba al lado más gris. Peter Pan no podría haberla salvado con sus encantos pueriles.
No sé que habrá visto en él. Militar desde piruja hasta la médula, con esa cabecita rapadita a cero, y un vozarrón que espantaba a cualquier bestia subterránea. Sólo tenía a su favor dos cosas que le sirvieron para casarse con Lucía. Este hombre verdecito camuflado… regalaba flores. Como si eso fuera poco, tenía el margen de tolerancia (justo y exacto) de quince minutos de tardanza en una cita prefijada. Complejo de comprender, dada la cuadratura horaria de los combatientes, pero así era. Les confieso que Lucía me confesó hace tiempo que su marido le había confesado que de niño le hubiera gustado ser civil.
Finalmente, con tres besos en su haber, se casaron. Como no era de costumbre ni de esperar en esa época, se amaron toda la vida. Ella le puso un apodo (que desde chica siempre me sonó gracioso para ese tipo bigotudo y tieso) y de vez en cuando lo repetía en la soledad de su casa. Soledad… claro... Porque al año le encomendaron una misión patriótica y él fue a hacerse el San Martín por ahí.
Para ese momento el soldadito ya estaba loco de amor por aquella mujer, y en honor a esa locura le dijo (únicamente): -Antes de que sea después, vuelvo. Ella lo besó en la frente y lo dejó ir.
Cuatro años después, y con catorce besos, siete cartas recibidas, setenta y tres enviadas y una niña en su haber, Lucía lo recibió llorando. Él la abrazó sin decir nada y se hamacó en la mecedora con su hija en brazos, hasta quedarse dormido.
Lucía lo sacudió en la madrugada: -Hábleme. -No quiero hablar mujer, pero estoy con usted ahora.
Mi abuelo cerró otra vez los ojos esa noche, con la guerra impresa en los párpados…. Y en las pupilas (según mi sueño) los zapatitos de ballet de Lucía.
Sesenta y cuatro años más tarde mi abuela me dice en un sueño: El Ahora es un tren que sólo se ve partir. Ahora está siempre yéndose lejos.
