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lunes, diciembre 04, 2006

A cada cual con su cuento, su andén y su cruz

Las Botas con Gato
El guardia le dijo y cincuenta y ocho. Luis esperaba apoyado en las rejas que separaban la plaza del andén. Se quedó mirando a dos hormigas que cargaban con pesadumbre (pensó Luis) una tonelada de miguita de pan viejo.
- Pobres- pensó- tan insignificantes en una baldosa tan grande.
- Pobre- pensaron- un gigante en un mundo tan pequeño para él.

Rapunsel, siglo XXI
Hacía años que no salía de ahí. Ni se acordaba cuándo había entrado siquiera. Ya no se preguntaba si el lugar era grande o chico. Era. Un día creyó enamorarse de la señorita de las siete y cuarenta. Después se dio cuenta de que estaba confundido. Cuando algún iluso le soltaba un ‘hola’, no comprendía por qué el corazón se le atragantaba en la nariz.
-Setenta.
-¿Hasta dónde dijo?.
- A Retiro…
- (…)
- ¿A qué hora?.
(Silencio). (Silencios).
Una vez un muchacho que sospechaba, tomó un martillo y derrumbó el vidrio espejado de un solo golpe (bueno… a fuerza de varios se hizo un agujero). Salí pibe, le dijo. Pero él, explicó que quería vender boletos para siempre. Dijo que era el hombre de los Destinos. En realidad, eso también se lo habían dicho.

Blancanieves y el Principe Mulato
En la vitrina de Estación Pueyrredón (del lado de adentro) estaba el conejo. En la vitrina de Estación Pueyrredón (del lado de afuera) estaba la mujer. Esas gentes raras que TrenesdeBuenosAires llama pasajeros, la miraban y reían. La mujer, con su ñata contra el vidrio como dice el tango, saludaba con la manita al acrílico conejo, con una sonrisa que le ocupaba la cara y la nuca, y le llegaba hasta las pantorrillas.

Cuando Ana tenía poco más de cinco años su abuela le regaló un muñeco carioca (inmigrante, directo del Brasil, el pobre). “Raimundo”, se le adelantó la abuela, antes de que Ana pudiese meditar siquiera acerca de lo lindo o lo feo del nombre. Raimundo era mulato, de piel dura y rizos fieros; y resultó que si lo acostabas cerraba los ojos (automáticamente) y si lo levantabas se le abrían (por pura obediencia). Así era de simple, comprendió la niña: estar bien dormido o estar bien despierto era cuestión de posición.

El bendito día que Raimundo cumplió 3 años, Ana creyó que ya estaba grande para dormir tanto. Así fue que le dio un paseo a alta velocidad en una carretilla destartalada por unas lomadas allá en Tandil, cerca del potrero. Medio chueco quedó después, sin un ojo y con cuatro dedos menos en los pies, y Ana le compró unos zapatos negros para disimular… Más luego, en otra hazaña del Gran Raimundo, el héroe perdió su brazo derecho, y no hubo con qué.

Las amigas del colegio lo toleraron bastante eh… hasta en aquella ocasión en que el perro le arrancó media cabellera africana. Pero ya cuando el hermanito le dibujo unos lunares con tinta china, las pequeñas pandemonios no pudieron soportarlo más… ay ay ay: negro y a la moda (habráse visto). Lo exiliaron al sótano por mulato, pelado, tuerto, chueco, manco y diferente. Ana casi no pudo resistirse (casi).

Con lo que llovía de humedad en esa pocilga, Raimundo andaba ya sin ropa y sin aventuras. Los zapatos negros pasaron a mejor vida, y ni hablar de las ratas que con ellos se armaron la cena de Navidad y Año Nuevo.

Un día los gatos con botas irrumpieron en aquel sótano buscando los Libros Prohibidos. Por supuesto, lo único que encontraron prohibido fue a Raimundo. Como no les bastó, se llevaron a Ana.

Cuando logró salir (aunque no salió nunca) anduvo vagando muchos años buscando un ojito, un rulito de los pocos, un dedito, y… y el nombre… le faltaba el nombre… No encontró a nadie tampoco. En realidad le faltaban tantos… hacía fuerza y fuerza pero la memoria se le había dormido y lloraba porque no podía alcanzarlos, siempre paradita en el umbral entre Tener a los Nombres y No Tenerlos.

Un día en Estación Pueyrredón Ana vio en la vitrina un conejo de plástico y caucho que saludaba mecánicamente. “El Conejo Raimundo $12,90” rezaba el cartel.

Ese fue el primer encontrado de todos los nombres perdidos. Ana no lloró nunca más, no tuvo tiempo.

jueves, agosto 18, 2005

Tiempo


Te invito a mudarte a la habitación del olvido. Quizás, cuando no me duela tanto, te llamo y te convierto en una mueca extraña y silenciosa... como esas que aparecen cuando el recuerdo cruza el umbral y de repente nos encontramos hablando de vos y yo... sin pensar ya en un doloroso nosotros.