Mostrando las entradas con la etiqueta mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta mujeres. Mostrar todas las entradas

sábado, enero 19, 2008

"siempre estaré contigo"

Septiembre. El aeropuerto de alguna ciudad del mundo. Una mujer que llora y clava sus dedos en el omóplato izquierdo de un hombre. un hombre aguanta la respiración y le susurra algo al oído a una mujer que llora. Gentes que corren. Gentes que acumulan equipajes. Un aeropuerto lleno de historias invisibles para el resto de historiadores que se despiden entre sí. Una mujer que escucha un susurro y se tranquiliza.

Octubre, noviembre, diciembre, enero o febrero. Una mujer sonriendo bajo las sábanas. La onomatopeya de un teléfono que suena. La voz de otra mujer recortada por un océano. Una sonrisa que se rompe y se transforma en mueca. Un beso, una caricia en el canto externo de un muslo. Miradas que nadie quiere mirar. Ojos que huyen. "Te quiero". "Te adoro".

Marzo. El aeropuerto de alguna ciudad del mundo. Una mujer que llora. Un hombre con un dejavou. Una mujer que intenta susurrar algo y no puede. Un hombre que recuerda una certeza dicha.

Después. Una mujer sentada sobre su cama con un teléfono en la mano. A medio marcar un número de alguna ciudad del mundo. Una mujer que atiende y le comenta a un hombre que nadie está constestando. Una mujer en una cama que llora y piensa que hay cosas que no pueden prometerse dos veces.


(Bogotá, Colombia)


lunes, mayo 28, 2007

Virtualidades Eternas

Te convidé mi cielo a cuatro mil metros de altura.
Te traje a este mar que cabe en nuestro ascensor.
"¿Será que nunca voy a elevar anclas de vos?"
Pregunté a la arena (a cuatro mil kilómetros de vos)

Mis pies se hunden en el Pacífico Sur:
y un Río de Plata en mi hemisferio derecho.

Este castillo que te hice
(que me hice)
para que me gustes;
Y un amor virtual de problemas reales:
personas con carne,
historia,
huesos,
pasiones,
querencias.

Ausencias y presencias:
presencias ausentes,
Ausencias presentes
¿Donde estamos?
¿Estamos?

¿Cuando vas a dejar de pensar en esa nena blanca sobre el disco compacto?
¿Cuando te vas a preocupar por la chica idiota que piensa que te quiere?
¿Y qué si al final es mi odio en estado casi puro?
¿Y qué si al final te supero?

Al menos nos queda un a-los-ojos
(basta de emoticones con paréntesis)
como mínimo te creeré más valiente que hoy.

Quizás gire la rueda así,
una vez más gire.
Y todo empiece de nuevo
(o de viejo).

¡Digamos la verdad YA!
Fuimos dos desconocidos
juagando al romanticismo
de TV blanco y negro;
en un siglo de luces,
pastillas,
familias disfuncionales,
psicoanálisis para zafar.

Tomá mi mano.
Soltame.
Quereme.
Dejame en paz.
O no;
mejor no me hagas caso.
No sigas al pie de la letra mis mapas de mi.
Tomá un atajo.
Sosprendeme.
¡Sorprendeme!

Hay cosas que yo
no puedo hacer que vos
hagas por mi.
Perdonáteme.


(Montañita, Ecuador)

miércoles, abril 11, 2007

Circulantes

" Los caminos son siempre circulares, en espiral y hacia arriba... "

Juan comenzó a escribir, sin motivos aparentes, sentado como indio sobre la cama, en esa ciudad perdida del Ecuador. Escribió después:


" Los pájaros dorados que llevan los hijos a los dioses del mar no tienen ojos. Cuando oyen el silbido que emanan los reyes de las profundidades, realizan cuidadosamente la entrega. Su llamado, su silbido, se perdió en el aire y no hubo más remedio que dejarla en la orilla, así me contó un entendido, sin que ella lo descubriese jamás. De a ratos yo lograba verle las pocas escamas que le quedaban; sobre todo en las noches de miedo y ventisca, donde el mar se agita como una fiera desbocada. Ahora estaba dormida. los ojos azules le atravesaban los párpados cerrados y yo sentía que aún dormitando, me veía. Sentía que en cualquier momento se despertaría y me soltaría:

- ¿Qué estás escribiendo?


Y yo la miraría cruzado, anonadado y comenzaría a leer. Este sería el motivo de tanta inspiración repentina; será que las musas son reales cuando vienen del mar, como ninfas incurables. Ella es mi musa triste. "


Amanda se despertó y lo vio desde su realidad horizontal. Le lanzó una sonrisa fugaz, y una pregunta que lo invitaba a leer en voz alta su reciente producción. El cruzó la habitación con una mirada amplia y oblicua. Comenzó a leer:


"Los caminos son siempre circulares; en espiral y hacia arriba...


Juan comenzó a escribir, sin motivos aparentes, sentado..."



(Monpiche, Ecuador)

lunes, diciembre 04, 2006

A cada cual con su cuento, su andén y su cruz

Las Botas con Gato
El guardia le dijo y cincuenta y ocho. Luis esperaba apoyado en las rejas que separaban la plaza del andén. Se quedó mirando a dos hormigas que cargaban con pesadumbre (pensó Luis) una tonelada de miguita de pan viejo.
- Pobres- pensó- tan insignificantes en una baldosa tan grande.
- Pobre- pensaron- un gigante en un mundo tan pequeño para él.

Rapunsel, siglo XXI
Hacía años que no salía de ahí. Ni se acordaba cuándo había entrado siquiera. Ya no se preguntaba si el lugar era grande o chico. Era. Un día creyó enamorarse de la señorita de las siete y cuarenta. Después se dio cuenta de que estaba confundido. Cuando algún iluso le soltaba un ‘hola’, no comprendía por qué el corazón se le atragantaba en la nariz.
-Setenta.
-¿Hasta dónde dijo?.
- A Retiro…
- (…)
- ¿A qué hora?.
(Silencio). (Silencios).
Una vez un muchacho que sospechaba, tomó un martillo y derrumbó el vidrio espejado de un solo golpe (bueno… a fuerza de varios se hizo un agujero). Salí pibe, le dijo. Pero él, explicó que quería vender boletos para siempre. Dijo que era el hombre de los Destinos. En realidad, eso también se lo habían dicho.

Blancanieves y el Principe Mulato
En la vitrina de Estación Pueyrredón (del lado de adentro) estaba el conejo. En la vitrina de Estación Pueyrredón (del lado de afuera) estaba la mujer. Esas gentes raras que TrenesdeBuenosAires llama pasajeros, la miraban y reían. La mujer, con su ñata contra el vidrio como dice el tango, saludaba con la manita al acrílico conejo, con una sonrisa que le ocupaba la cara y la nuca, y le llegaba hasta las pantorrillas.

Cuando Ana tenía poco más de cinco años su abuela le regaló un muñeco carioca (inmigrante, directo del Brasil, el pobre). “Raimundo”, se le adelantó la abuela, antes de que Ana pudiese meditar siquiera acerca de lo lindo o lo feo del nombre. Raimundo era mulato, de piel dura y rizos fieros; y resultó que si lo acostabas cerraba los ojos (automáticamente) y si lo levantabas se le abrían (por pura obediencia). Así era de simple, comprendió la niña: estar bien dormido o estar bien despierto era cuestión de posición.

El bendito día que Raimundo cumplió 3 años, Ana creyó que ya estaba grande para dormir tanto. Así fue que le dio un paseo a alta velocidad en una carretilla destartalada por unas lomadas allá en Tandil, cerca del potrero. Medio chueco quedó después, sin un ojo y con cuatro dedos menos en los pies, y Ana le compró unos zapatos negros para disimular… Más luego, en otra hazaña del Gran Raimundo, el héroe perdió su brazo derecho, y no hubo con qué.

Las amigas del colegio lo toleraron bastante eh… hasta en aquella ocasión en que el perro le arrancó media cabellera africana. Pero ya cuando el hermanito le dibujo unos lunares con tinta china, las pequeñas pandemonios no pudieron soportarlo más… ay ay ay: negro y a la moda (habráse visto). Lo exiliaron al sótano por mulato, pelado, tuerto, chueco, manco y diferente. Ana casi no pudo resistirse (casi).

Con lo que llovía de humedad en esa pocilga, Raimundo andaba ya sin ropa y sin aventuras. Los zapatos negros pasaron a mejor vida, y ni hablar de las ratas que con ellos se armaron la cena de Navidad y Año Nuevo.

Un día los gatos con botas irrumpieron en aquel sótano buscando los Libros Prohibidos. Por supuesto, lo único que encontraron prohibido fue a Raimundo. Como no les bastó, se llevaron a Ana.

Cuando logró salir (aunque no salió nunca) anduvo vagando muchos años buscando un ojito, un rulito de los pocos, un dedito, y… y el nombre… le faltaba el nombre… No encontró a nadie tampoco. En realidad le faltaban tantos… hacía fuerza y fuerza pero la memoria se le había dormido y lloraba porque no podía alcanzarlos, siempre paradita en el umbral entre Tener a los Nombres y No Tenerlos.

Un día en Estación Pueyrredón Ana vio en la vitrina un conejo de plástico y caucho que saludaba mecánicamente. “El Conejo Raimundo $12,90” rezaba el cartel.

Ese fue el primer encontrado de todos los nombres perdidos. Ana no lloró nunca más, no tuvo tiempo.

domingo, octubre 22, 2006

Abril en el país de las Maravillas

Cada segundo que pasa se prolonga en el tiempo infinitas veces, aunque ni vos ni yo podamos tocarlo, rozar siquiera ese infinito, con algo más que el recordar. Quien pudiese constantemente ser espectador, del instante justo en el que te vi por primera vez, y verte otra vez, y otra, y una vez más... en un haz de varios "conocerte".

La noche anterior le trajo un ramo de crisantemos blancos. Los puso en el florero plateado del pasillo, como siempre.
Abril preparó café y pensó en el sueño. Algunas gotitas de ron para él, así le gusta (¿así le gusta?), viró la mirada confundida (en el espejo sólo la cama revuelta) hacia la almohada que había debajo de su cabeza; él respiraba como si tuviese en su sueño un cronómetro de maratonista.
Abril es Alicia y Alicia es Abril, Abril es miles de Abriles, en el fondo lo sabe bien. Él es miles de otros él, pero el mismo al que le gusta la gota de ron, los cuentos de Poe y meter la cabeza en el agua y ver que aguanta un minuto cuarenta y tres.
Deja la taza cerca de su nariz, camina hacia la maquina de escribir (nunca voy a permitir que tiren esta máquina).

Papel. Correteo de cinta. Línea. Mientras dormíamos nos mudamos al País de las Maravillas. El dedo índice en la tecla de punto, el punto que no llega nunca porque él resopla un sonido extraño que Abril conoce bien y que significa que debe dejar la máquina, abrir las primeras dos tiras de madera de la persiana, quitarse el pijama y volver a la cama. Mientras dormíamos nos mudamos al País de las Maravillas, le tiró al oído.

-¿Y somos felices acá?- le preguntó, acomodándose la espalda en la pared y tomando la taza con tres dedos.
- Somos felices en todos lados. - contestó ella
Inmediatamente sintió el frío en el pecho, la cama desierta, el florero vacío.
- ¿Qué pasa?- sacudiéndola despacito
- Acá somos felices.- La cara en blanco y un solo impulso que la mueve a la silla otra vez.


Abril prepara café sin azúcar. Se sienta frente a la máquina de escribir (nunca voy a permitir que tiren esta máquina). La cama está revuelta hace días y a Abril no le importa, porque su madre no ve el desorden. Escribe una historia sobre una mujer que vive a través de los espejos varias vidas, y hacia la mitad de la mañana aparece en todos los rincones de la mente y del suelo y del techo; aparece entremedio de las largas tiras de teclas de la maquina, en una taza amarilla que descansa sobre la alacena, un hombre que no está. All your life is hello-goodbye dice la canción en la radio y en medio de las sombras (la persiana está rota) Abril llora las heridas abiertas y avinagradas.

El dedo índice aprieta con fuerza el punto. Él termina el café, mira unos segundos a la mujer desnuda y vuelve a acostarse (luchar por celos con una maquina de escribir le parece ridículo). Aquí sos feliz. Podés manejar a tu antojo el silencio y el ruido; te la pasás riendo a carcajadas y no te lastimás, y no me lastimás. Conseguiste un reloj de arena que puede detener al mundo entero, y dos veces por día (que no sabemos lo que es) lo agitas con fuerza para hacerme el amor en medio de la nada. Aquí yo soy feliz; tomo vino dulce para acompañarte, si quiero. Soy feliz casi siempre; menos en esas noches donde te enredas en mi vientre y todo da vueltas… y yo sueño que nos mudamos a un país donde estamos cerca y no nos tocamos; donde llorás y yo te odio mientras te miro la espalda sin verte. Un país en donde me matás de miedo, porque no estás y me seguís dañando (las grietas sangran vinagre)… en donde me despierto queriendo gritar y no estás, pero yo sigo escribiendo palabras en tu nombre.

Se despertó rara. Abril preparó café y pensó en el sueño. Viró la mirada confundida (en el espejo sólo la cama revuelta), dos tazas en la mano, una huele a ron, y una niña que de pronto se pierde y se asusta. De repente, al fondo del pasillo un florero con tres crisantemos y el timbre que resuena en medio de la habitación.

- Somos lo que somos en todos lados- pensó Abril.

Caída Libre a tus ojos

Lo mejor de trabajar en la Galería era que Santiago la miraba desde el puesto de flores. Había intentado acomodar los veintitrés espejos de la vidriera de mil maneras pero él se las ingeniaba para aparecer en algún haz de luz e intimidarla con esa mirada que la partía en cien y la desfiguraba. A veces tenía la sospecha de que en aquellos lugares de su cuerpo que ella no llegaba a ver se le formaban cicatrices de las cruentas batallas que libraban, siempre mirándose entre reflejos y gardenias.
Nunca olvidaría el día que dio vuelta en la esquina esa del supermercado de Yi- Chang y lo vio entrar en su casa. Su casa. Ana había quebrado un puente muchas veces infranqueable: sabía donde vivía. Luego de eso se volvió una maestra del disfraz, y se paró unas cuantas veces a observarlo entrar a su casa (o salir del mundo, en su defecto).
Tampoco podría olvidar el día que ella limpiaba la vidriera (del lado de afuera) y él le clavaba los arpones en la espalda, y las pantorrillas, y otras cosas que le dio pudor imaginar. No lo olvidaría porque ese día fue el del muchacho y “¿Santiago?” y luego los "no lo puedo creer", "tanto tiempo", y luego el "desde sexto grado", "cómo me reconociste", "la vieja está bien… se compró un chalecito en Bella Vista".
Santiago. Lo escribió por todos los lados que pudo. Santiago. Después borró cada uno de los nombres. Santiago.
Hacía una semana que había visto el cartel y Ana ya no tenía más uñas que comerse. “Cerrado por duelo”. Ana miraba el cartelito blanco horas, como si así pudiese encontrar alguna otra pista, algún dato que indicase el regreso. Al día siguiente se paró con un sobretodo marrón frente a la casa. Nada. Compró cigarrillos en el Supermercado de la esquina. El señor cajero le contó, sin hacer distinción entre la R y la L, que era la octava vez en el mes que lo asaltaban. Ana atinó a un “lo importante es que no lastimaron a nadie”, y luego se fumó diez cigarrillos en media hora. Ana no fumaba en realidad. Cuando emprendió la vuelta, guardó el paquete medio lleno/medio vacío en la cartera y ahí quedó por meses.
Ya en casa, hizo alguna pavada para comer y hacia la nochecita salió al patio a “tomar el aire”. Estaba acostada en el piso, mirando las escasas estrellas que todavía se compadecen de los ciudadanos de Buenos Aires, cuando advirtió una ventanita, chiquitita, en la medianera. Alguien la abrió, un hombre más precisamente, asomó su diminuta cabeza y le sonrió.

- Linda noche, ¿no? - preguntó el extraño.
- Si, es una de esas en que el aire está revuelto.- contestó Ana, disimulando la extrañeza.
- Esas son las favoritas de mi hermano.
- A mi tamb….
- (susurrando) Debo irme, si me ve hablando con una mujer, me mata.- dijo cerrando la ventana.
Así sucedió otras veces, mientras Ana regaba las plantas del patio, él le contaba historias traídas de la India o le pasaba las recetas de cocina de su abuela. Ana le contaba cómo se podía vender un espejo de mala calidad sólo con ponerle un buen marco de madera, le relataba episodios de las novelas de los ’50 y le hablaba de Santiago, de su desesperación y más tarde de su desesperanza. Luego aparecía ella (aunque Ana no la veía, la imaginaba… ahí detrás cruzando la puerta preguntándole “¿Qué hacés en la ventana?”) y él se apresuraba a cerrarla (“Tomaba aire”).
Un día, mientras repintaba las macetas, se decía a si misma que si Santiago volvía a la Galería le iba a comprar un cactus.

- No tengo cactus… dicen que es bueno tener un cactus, trae buenos augurios- le inventó al señorcito de la ventana.
- ¿Probaste tocándole la puerta?
- Me muero de vergüenza… ¿que hago cuando me abra?... Ni loca…
- Para cuando te vea no vas a tener que hacer nada…
Ana lo disimuló pero estaba enojada. El de la ventanita había abierto una posibilidad que la aterraba, que implicaba hacer algo más que analizar casi científicamente el cartelito. Luego se le ocurrió “Te vi entrar aquí… pensé… que podías ayudarme con una planta que me regaló mi hermana y que..."
Decidió preguntarle al hombre de arriba qué opinaba. Estuvo varios días sin aparecer, hasta que al fin (ella de espaldas) le soltó: tenés que ir hoy y encerrarte ahí con él. Giró el torso y vio la ventanita tapada con maderas viejas y clavos oxidados. Ana se llevó la mano a la boca.

Tocó la puerta dos veces (tres le pareció un exceso). Nada. Volvió a tocar, uno y medio y alguien que la toma del hombro y la invita a pasar. Jamás hablaron de la planta de la hermana, ni de cómo mentir no era el fuerte de Ana.

- Voy a comprar cigarrillos- le dijo él mientras se ponía las medias- me gusta fumar en la ventana en estas noches de aire enrevesado.
- Ana lo tomó del brazo sin saber por qué y no supo qué decirle tampoco.
- No tardo, es acá en la esquina
- (sin pestañear) Tengo unos en la cartera.

Santiago le dio un beso en la sien y le sopló alguna frase graciosa sobre su estado de alerta.
A los diez minutos escucharon los disparos. Luego los gritos en un idioma incomprensible para aquella zona. Cuando se escucharon las sirenas y ellos bajaron a ver qué había pasado, tres hombres, dos encapuchados, se hallaban tirados en el piso, camuflados en sangre. La mujer sostenía a su marido en brazos y profería maldiciones orientales al viento espeso y seco de la madrugada.

Santiago estaba entumecido de pies a cabeza. Las ancianas de la cuadra se amontonaron junto a los cuerpos y la manada de policías, y enunciaron las quejas al gobierno, a la inseguridad, que por qué a la buena gente, que yo siempre venía a comprar aquí y que al final siempre pasa lo mismo.

Santiago se quedó sentado en la cama, llorando en seco. En el espejo, Ana vio la foto de los dos hermanos sobre la cómoda. Atravesó la mitad de la cama y se lo enredó en el cuerpo con fuerza
.

sábado, julio 01, 2006

Inés

Inés había consultado médicos, manosantas, brujas, herboristerías, tarotistas, religiosos ortodoxos y revolucionarios. Nada. No había caso. Nadie sabía por qué.
Cuando la abuela materna de su tío político visitó el país y la vio, le dijo:

- lo que a vos te pasa, querida... es que no podés mentir... no te dejás... no te dejás...

El tío le explicó que la abuela había leído mucha literatura policial alemana y que le gustaba hablar con enigmas y puntos suspensivos. Inés ni lo escuchó; no lo sabía bien todavía pero había entendido todo.

Él la miraba cruzado, como tratando de develar un misterio milenario y ella de repente se tapaba el antebrazo, el canto interno del dedo índice, la pantorrilla derecha. Él le hablaba del Surrealismo de Lam y ella se desangraba por dentro pensando que había uno naciéndole en el ombligo, y otro dándose vida bajo el codo izquierdo. Los sentía brotar en la piel, pequeñas lunas negras. Cada vez que ella se guardaba un beso, era peor. Un día se lo dijo:

- cuando me das un beso en silencio, me broto toda.
Él se río de la metáfora graciosamente. Inés lo sabía ahora... le crecían verdades.

Estaban desnudos en una oscuridad desnuda y cuando él la abrazó Inés le pasó su mano blanca por la espalda. Instantánea y torpemente constelaciones de lunares se acomodaron entre sus dedos. Ella tembló y lloró como nunca: bajito y pequeño para que él no se asuste. Inés se quebró de miedo esa tarde y por la mañana era la mujer más valiente que conocí.

El día que, meses después, él le pedía perdón en el bar de Medrano, Inés desprendía sonrisas a cada rato.

- ¿Sabés cuál es tu problema?- le soltó finalmente

Él escribió en su mente la cantidad de veces que esa pregunta había cruzado el cine. Dibujó un "no" tímido y muerto de miedo con la cabeza.

- Qué cargás con ellos y ni siquiera sentís su peso.
- ¿Cargo con qué?
- ¿No los ves?
- Inés, ¿De qué hablas?
- A vos... los amores y las verdades... te brotan en la espalda.

martes, mayo 09, 2006

Abril

Abril tenía puesto un vestido ámbar cuando conoció a Felipe. Desde entonces lo miraba siempre (siempre a los ojos).
En sus 16 Abriles completos Abril no había soltado más de un centenar de palabras en total. Ese día cruzó toda la feria con paso firme y cuando lo tuvo enfrente, se congeló de pánico. Sus pestañas se volvieron estalactitas.
Felipe terminó por alejarse, sin quitarle los ojos de encima hasta que ella, toda tiesa y fría, se volvió pequeñísima y se perdió de vista. Las muchachas del pueblo se murieron de risa de Abril muerta de Miedo.
Mas tarde, las palabras se derritieron (un poco distintas y desordenadas) en un diario:
En vano compadece el hombre a la luna, por creer que nunca pudo ver al sol. El sol le escapa, sí… pero nunca de espaldas. Porque la luna es la única que puede mirarlo a la cara: verle los ojos.

jueves, diciembre 01, 2005

Lucía

Lucía, en su juventud, lo miraba directo a la nuca. Cuatro segundos, cinco si había mucha humedad, y él se daba vuelta, correteo de ojos y otra vez: la cuidadísima indiferencia. Lucía no desistía y jamás bajaba la mirada (no era táctica, simplemente le gustaba mirarlo a la nuca). Sabía de memoria los centímetros que separaban la línea recta del prolijo corte de pelo con navaja hasta el lunar sobre el omóplato izquierdo. Cuando soñé con Lucía en su juventud, entendí por qué mucho tiempo después lograba calcular las tazas de harina “a ojo”.
Lucía no era una mujer hermosa. De hecho todavía no era una mujer-mujer. Hacía equilibrio con harta gracia entre una cosa y la otra. Llevaba el pelo cortado “desprolijamente” para la época (cosa que sólo hacían las chicas de edad) amarrado con una ancha cinta bebé en un pequeño moño. Tocaba a Schumann en el piano, y, cuando nadie estaba en casa, apretaba todas las teclas del piano juntas y reía. Usaba el famoso colorete en las mejillas y se comía las uñas en público. Un día se levantó, arrancó todo el papel tapiz lavanda de su habitación y dijo que “estaba grande”. Otro día soltó un lagrimón cuando su sobrina arrancó el ojo izquierdo de Hilaria, la muñeca de trapo. Ocultaba, como su madre, las anchas caderas bajo una falda almidonada. Lucía lucía escotes los domingos, en la plaza luego de la misa. Pero la niña no podía abandonar a sus rosados zapatitos de estilo ballet. La regla le venía exactamente cada 28 días, pero era incapaz de llegar a horario a ninguna cita. Así se debatía, Lucía, en la frontera del País de Nunca Jamás. Y el otro desconsiderado que entre miradas indiferentes la tironeaba, y la tironeaba al lado más gris. Peter Pan no podría haberla salvado con sus encantos pueriles.
No sé que habrá visto en él. Militar desde piruja hasta la médula, con esa cabecita rapadita a cero, y un vozarrón que espantaba a cualquier bestia subterránea. Sólo tenía a su favor dos cosas que le sirvieron para casarse con Lucía. Este hombre verdecito camuflado… regalaba flores. Como si eso fuera poco, tenía el margen de tolerancia (justo y exacto) de quince minutos de tardanza en una cita prefijada. Complejo de comprender, dada la cuadratura horaria de los combatientes, pero así era. Les confieso que Lucía me confesó hace tiempo que su marido le había confesado que de niño le hubiera gustado ser civil.
Finalmente, con tres besos en su haber, se casaron. Como no era de costumbre ni de esperar en esa época, se amaron toda la vida. Ella le puso un apodo (que desde chica siempre me sonó gracioso para ese tipo bigotudo y tieso) y de vez en cuando lo repetía en la soledad de su casa. Soledad… claro... Porque al año le encomendaron una misión patriótica y él fue a hacerse el San Martín por ahí.
Para ese momento el soldadito ya estaba loco de amor por aquella mujer, y en honor a esa locura le dijo (únicamente): -Antes de que sea después, vuelvo. Ella lo besó en la frente y lo dejó ir.
Cuatro años después, y con catorce besos, siete cartas recibidas, setenta y tres enviadas y una niña en su haber, Lucía lo recibió llorando. Él la abrazó sin decir nada y se hamacó en la mecedora con su hija en brazos, hasta quedarse dormido.
Lucía lo sacudió en la madrugada: -Hábleme. -No quiero hablar mujer, pero estoy con usted ahora.
Mi abuelo cerró otra vez los ojos esa noche, con la guerra impresa en los párpados…. Y en las pupilas (según mi sueño) los zapatitos de ballet de Lucía.
Sesenta y cuatro años más tarde mi abuela me dice en un sueño: El Ahora es un tren que sólo se ve partir. Ahora está siempre yéndose lejos.

martes, noviembre 01, 2005

Olivia

Tenía un nombre que, según algún libro milenario de la biblioteca de su abuelo, la condenaba a traerle paz al mundo. La pobre Olivia no sabía nada. Pocas décadas tenía en su haber, y una que venía pagando en cuotas, según me contó un día.
Olivia había vivido siempre en un mundo de esos bien divididos. Dividido en fronteras, regiones, en ciudades, barrios, en cuadras, edificios, departamentos, ambientes. Todos con sus respectivas puertas y ventanas (bisagras incluídas). Al llegar a su mayoría de edad, armó una valija y tres bolsos de mano y dijo adiós a sus separados padres, por separado.
Permaneció dentro de las mismas fronteras, unas cientos de cuadras más lejos de sus primeras décadas; y ese día exacto de abril pisó su nuevo y cómodo dos ambientes.
Varios días después, en horas no permitidas a señoritas de su casa, Olivia desarrollaba el occidental ritual de cortar tomates en concassé bajo la lustrosa vista de alguna bossanova, cuando algo, como en las películas, cambió su vida para siempre.
Por debajo de esa puerta que daba al pasillo, que llegaba a los ascensores que le permitían llegar a la planta baja desde donde podía salir del cúbiculo-edificio, alguien habia pasado un trozo de papel prolijamente escriturado. Tomó la nota que habia fotocopiado el administrador muy gentilmente, la leyó, y la dejó sobre la mesa. Algo perturbó a Olivia esa noche y en las siguientes noches en que, cuando menos se lo esperaba, algo atravesaba la hendija de su puerta de setenta y cuatro centímetros de largo. Había alguién en este mundo que un segundo , día por medio, tenía la trabajosa tarea de pasar notas a Olivia por debajo de la puerta e instantaneamente y sin el más mínimo sonido, desaparecer.
La semanas siguientes, Olivia no dormía. Se sentaba junto a la puerta y esperaba alguna nota. Esperaba... y en el instante justo en que su cabeza comenzaba a caer , la esquina de un papel se asomaba. Tal como si alguién estuviese aguardando su inevitable distracción. Olivia activaba todos sus músculos y giraba el picaporte con una destreza olímpica. Pero nadie ni nada habia allí... del otro lado, más que el oscuro y extenso pasillo. Y Olivia seguía sin dormir. En esas horas de largas estipulaciones había descubierto que cada papel olía a una mezcla de tabaco y crema de afeitar. A veces, cuando el sueño la hacía alucinar, creia verle la cara al señor de los pasillos.
Luego de 27 días , Olivia hizo un gesto simpático y se acostó a dormir. 3 días durmió exactamente, al cuarto día se levantó, tomó un destornillador y arrancó la puerta de aquel lugar en donde habia pasado los últimos veintilargos años. Vio a la señora del B subir con las compras de la semana, y al muchacho del D sacar a su perro a pasear.
Olivia preparó te, puso dos tazas sobre un artesanal mantel y se sentó sin esperar. Minutos después un hombre se acomodó junto a ella, sonrió y le dio las gracias.

jueves, agosto 18, 2005

Claroscuro

Ella se miraba buscando algo ajeno, algo disímil, algo que hiciese ruido en la imagen. Buscaba algún indicio que le diese esperanza. Pero nada. Inmediatamente sentía la idea de locura crónica avanzar sobre las telarañas del hemisferio derecho, donde se guardan los elementos que uno luego repite incansablemente en la vejez. Después pasaban los días y ni se acordaba; hasta que un impulso la volvía a poner frente a su imagen multiplicada, por ahora, sólo una vez.
Todo Igual. Pero al revés.
Un día decidió no mirarse más (en realidad, para que ella no tuviese que verla más); los envolvió uno por uno, sacó el miniatura de la cartera de mano, y los dejó bien envueltos en la vereda.
Quizás era verdad. Quizás del otro lado había alguién que era igual a ella pero al revés. Alguién que al igual que ella necesitaba refugio; pero lo tenía. Alguién que lloraba y reía. Y no también. Alguién que buscaba casi ininterrumpidos estados de felicidad; pero los buscaba en los lugares adecuados. Ahí estaba la contradicción que otorgaba esperanza. Esperanza de ser feliz, al revés, del otro lado. Feliz en algún lugar.
Por eso decidió tirarlos. Porque, esa mañana se despertó con una certeza. Pensó así que no era justo devolverle a la otra (que le daba esperanzas por lo menos) el reflejo espectral de una mujer que vivía igual; pero al revés: sobrevivía.

lunes, agosto 15, 2005

Vigilia


Sherezade había existido en un tiempo y un lugar lejanos, con un motivo destinado a trasladarse, por los tiempos de los tiempos, en una sucesión de fantasías, miedos y deseos.
Sherezade había, durante siglos de vueltas de reloj de arena, contado historias hasta vislumbrar la mañana y callarse discretamente.
Un día, cuando todavía podía dormir, despertó en otro tiempo, con otro nombre. Tenía frente a ella una extraña pero familiar versión del rey Shahryar. Se dispuso a hacer, casi sin saberlo, lo que había hecho tres parpadeos atrás.
Cuando él termino de escuchar su historia, bajó la mirada y empezó a escusarse. El rey no habia dejado de ser rey, apesar de la arena...
Sherezade, contra todo pronóstico, lo cortó en seco... "Podrías contarme mil historias ... pero, ¿quien te salvará de ti mismo la noche número mil uno?"
Se despertó justo después de la breve entonación que condena interrogación. No supo nunca que del otro lado del tiempo, en la noche número mil uno, un hombre lloraba su muerte.

martes, agosto 02, 2005

Ultima Hoja

Le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. No como promesa romántica y estúpidamente inverosímil de amante. Hubiese dormido sólo las ocho horas mínimas que aconsejan los expertos en insalubridad o los inexpertos en salud… no me acuerdo bah!. ¿Si me ha afectado parte de la memoria? Si posiblemente. Pero hay cosas que no olvido, aunque anhelase.
Bueno, estábamos en que hubiese dado la vida por usted, realmente. Quizás eso no hubiera sido tan malo, porque usted sería mía (no mía como posesión irreal de enamorado) y yo hace ya tiempo que soy suyo (su posesión real… si me ama oh! mucho mejor). Pasaría mi eternidad escribiendo… escribiéndola.
Se cruzan preguntas y preguntas. Que cómo iba yo a imaginar. Que cómo se le ocurre al orden de las cosas perder su regularidad justo ahora, y con cosa tan seria. Que cómo no pensé bien antes de escribir que usted me enamoraba. Tonto de mí, escribí que usted me enamoraba. Todo estaba bien si usted no me cautivaba, porque mientras yo no la amaba nadie lo haría ¿entiende? No habría sido nunca creada para hechizar al hombre. Habría sido mi compañera, y si nos ponemos a respetar al todopoderoso, habría sido mi ángel. Pero, a mi se me ocurre escribir que usted me enamoraba. Y ahora tengo que explicarle.
Es que yo nunca pienso lo que escribo. Cuando uno lleva años de escritor aficionado ya no piensa lo que escribe. Pero yo tengo que explicarle, pero cómo. Usted comprenda, era tarde para ir a buscar a María, ella ya había viajado hacía meses a Madrid. Ya no había material femenino que admirar en casa. Está bien que a la planta le ponga nombre de mujer, pero no era material, no era, no había por ningún rincón ya. Ni siquiera había dejado una camisa la muy desconsiderada. Diga que no me gusta echar culpas sino, ella sería tan responsable como yo. Qué tiempos de desconsuelo… si usted hubiese estado antes…. Pero no.
Y vio como es esto de la soledad. Uno construye puentes inimaginables. Esa noche empecé a escribir, entonces… cómo explicarle. Es mejor así lo sé, y usted ya no merece mi compasión a esta altura, lo sé también. La cuestión es que yo la escribí. Si, eso. Mucho antes de que usted se despertase del desmayo en aquella calle, yo la había conocido cuando la escribí. No había sido exactamente así el encuentro, es verdad (acá es en donde sospecho que el otro, ese que está con usted ahora, metió mano también en la historia).
Yo iba caminando por Mendoza triste, y bueno… la señorita de ojos azules del mercado (si, usted, la misma) se desmayaba y yo corría en su auxilio. Luego los detalles varían pero la historia ya la conoce.
No, mi querida, no existe tal amnesia, usted apareció en este mundo por cruce de pluma y papel. Para ese entonces yo ya había escrito parte de la que era nuestra historia en el papel. Justo en el momento en el que usted rompía la maceta con la planta de nombre femenino, tinta que se acaba y son las tres de la mañana y cómo iba yo a imaginar que era esa mañana la que usted rompía la maceta en nuestra historia de carne y hueso.
Allí comenzó el problema, y ya sé que la tuve un poco descuidada. Pero era el sueño, juro que no eran malas intenciones. Cinco días de escribir sin descanso para que usted me omita tantas páginas y otra vez se me quedaba quieta en la cama… cada día más pálida. Entonces yo tenía que escribir con más cautela, pero con apuro, pero con cautela, pero con más ingenio (ahí es donde creo que al otro que metía mano no le gustaba cuando yo la cuidaba en el papel, y entonces usted no se me despertaba en la vida).
Allí se me ocurre escribir que usted me enamoraba. Porque en el papel usted me enloquecía. Gritaba yo en las noches cuando usted se quedaba trabajando en la florería. Gritaba en el papel. El otro maldito aprovechó mi debilidad, mi descuido, para engatusarla. Y usted se me deja. Usted se me deja cómo si su dueño, su creador, fuese él.
Pero no. Yo le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. Yo lo hubiese hecho porque sabía y se hoy que escribo esto, que soy el único que la mantiene con vida.
Bah! El otro ese es un cerdo que se está divirtiendo por casualidad. Como el que engancha una conversación telefónica en una línea pinchada. El otro se divierte y mete mano, modifica, pero no determina.
¿Cómo se me va a ocurrir a mí escribir que usted me enloquecía? Ahora hay herida de soledad otra vez, y otra vez los puentes, otra vez la pluma. Pero la pluma esta vez asesina. Creando todavía, ya no crea vida, crea muerte.
Es que usted lo enamoró a él también, cuando yo ya estaba enloquecido. Cuando yo no vivía porque usted estaba pálida en mi cama, y en mi cama del papel usted estaba viva, gritaba, florecía.
Perdóneme, yo que la amo, pero… pero usted dormirá allí y yo… bueno yo compraré otra pluma y tiraré la maceta nueva y su camisa del armario que huele tan rico. Entonces la soledad, y quizás esta vez nadie que meta mano… otra mujer. Si, otra mujer, pero esta no me va a enamorar, no. Perdóneme, pero es mejor así…Igual tiene que saberlo.
Hoy mientras él esté distraído amándola en lo real, y usted esté creyendo que termina de leer la carta de su abandonado amor, va a volver a este papel, para dormir por siempre (de esos siempre de verdad) pálida en mi punto final.

martes, noviembre 02, 2004

Fragilidad

Una mujer delicada, casi una pequeña niña… delicada. Asi le gustaría mostrarse, tal cual su imagen mental, delicada. Espontáneamente se ha quebrado, una lágrima seca, ahogada en otras gotas. La niña delicada y herida, víctima de toda su culpabilidad. La han quebrado sus ansias de grandes signos de interrogación. Que rara se ve, esta mujer que se añora casi melódica, con esa armadura gris. La gota imaginaria en la mejilla quema de tan fría. Y todo llueve, todo es lluvia… en blanco y negro. Los cielos azules la han descuidado, la hieren con un silencio punzante. Ha vendido su paz… se la han cambiado por un cómodo iglú, en donde se entristece de a cuentagotas sabiendo que la rutina le mentirá bien. Ella añora el aire golpeando en la cara, el sol escabullendose por los rincones de su camisa abierta, los brazos temiendo al cuerpo, un mundo verde, azul, celeste… de hojas, palabras, sonidos, perfumes, ideas… verdes, azules, celestes… Un pacto susurrado, escapar… escapar de tener que escapar, escapar a la libertad… dejarla libre. Y en cambio, una libertad aterrada…. La libertad también sutil… delicada, de una criatura frágil que se ha quebrado.
foto: escena de American Beauty.