"siempre estaré contigo"
(Bogotá, Colombia)
[Hay cosas que dentro se pudren] F.P.
(Bogotá, Colombia)
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Te convidé mi cielo a cuatro mil metros de altura.
Te traje a este mar que cabe en nuestro ascensor.
"¿Será que nunca voy a elevar anclas de vos?"
Pregunté a la arena (a cuatro mil kilómetros de vos)
Mis pies se hunden en el Pacífico Sur:
y un Río de Plata en mi hemisferio derecho.
Este castillo que te hice
(que me hice)
para que me gustes;
Y un amor virtual de problemas reales:
personas con carne,
historia,
huesos,
pasiones,
querencias.
Ausencias y presencias:
presencias ausentes,
Ausencias presentes
¿Donde estamos?
¿Estamos?
¿Cuando vas a dejar de pensar en esa nena blanca sobre el disco compacto?
¿Cuando te vas a preocupar por la chica idiota que piensa que te quiere?
¿Y qué si al final es mi odio en estado casi puro?
¿Y qué si al final te supero?
Al menos nos queda un a-los-ojos
(basta de emoticones con paréntesis)
como mínimo te creeré más valiente que hoy.
Quizás gire la rueda así,
una vez más gire.
Y todo empiece de nuevo
(o de viejo).
¡Digamos la verdad YA!
Fuimos dos desconocidos
juagando al romanticismo
de TV blanco y negro;
en un siglo de luces,
pastillas,
familias disfuncionales,
psicoanálisis para zafar.
Tomá mi mano.
Soltame.
Quereme.
Dejame en paz.
O no;
mejor no me hagas caso.
No sigas al pie de la letra mis mapas de mi.
Tomá un atajo.
Sosprendeme.
¡Sorprendeme!
Hay cosas que yo
no puedo hacer que vos
hagas por mi.
Perdonáteme.
(Montañita, Ecuador)
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" Los pájaros dorados que llevan los hijos a los dioses del mar no tienen ojos. Cuando oyen el silbido que emanan los reyes de las profundidades, realizan cuidadosamente la entrega. Su llamado, su silbido, se perdió en el aire y no hubo más remedio que dejarla en la orilla, así me contó un entendido, sin que ella lo descubriese jamás. De a ratos yo lograba verle las pocas escamas que le quedaban; sobre todo en las noches de miedo y ventisca, donde el mar se agita como una fiera desbocada. Ahora estaba dormida. los ojos azules le atravesaban los párpados cerrados y yo sentía que aún dormitando, me veía. Sentía que en cualquier momento se despertaría y me soltaría:
- ¿Qué estás escribiendo?
Y yo la miraría cruzado, anonadado y comenzaría a leer. Este sería el motivo de tanta inspiración repentina; será que las musas son reales cuando vienen del mar, como ninfas incurables. Ella es mi musa triste. "
Amanda se despertó y lo vio desde su realidad horizontal. Le lanzó una sonrisa fugaz, y una pregunta que lo invitaba a leer en voz alta su reciente producción. El cruzó la habitación con una mirada amplia y oblicua. Comenzó a leer:
"Los caminos son siempre circulares; en espiral y hacia arriba...
Juan comenzó a escribir, sin motivos aparentes, sentado..."
(Monpiche, Ecuador)
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Inés había consultado médicos, manosantas, brujas, herboristerías, tarotistas, religiosos ortodoxos y revolucionarios. Nada. No había caso. Nadie sabía por qué.
Cuando la abuela materna de su tío político visitó el país y la vio, le dijo:
- lo que a vos te pasa, querida... es que no podés mentir... no te dejás... no te dejás...
El tío le explicó que la abuela había leído mucha literatura policial alemana y que le gustaba hablar con enigmas y puntos suspensivos. Inés ni lo escuchó; no lo sabía bien todavía pero había entendido todo.
Él la miraba cruzado, como tratando de develar un misterio milenario y ella de repente se tapaba el antebrazo, el canto interno del dedo índice, la pantorrilla derecha. Él le hablaba del Surrealismo de Lam y ella se desangraba por dentro pensando que había uno naciéndole en el ombligo, y otro dándose vida bajo el codo izquierdo. Los sentía brotar en la piel, pequeñas lunas negras. Cada vez que ella se guardaba un beso, era peor. Un día se lo dijo:
- cuando me das un beso en silencio, me broto toda.
Él se río de la metáfora graciosamente. Inés lo sabía ahora... le crecían verdades.
Estaban desnudos en una oscuridad desnuda y cuando él la abrazó Inés le pasó su mano blanca por la espalda. Instantánea y torpemente constelaciones de lunares se acomodaron entre sus dedos. Ella tembló y lloró como nunca: bajito y pequeño para que él no se asuste. Inés se quebró de miedo esa tarde y por la mañana era la mujer más valiente que conocí.
El día que, meses después, él le pedía perdón en el bar de Medrano, Inés desprendía sonrisas a cada rato.
- ¿Sabés cuál es tu problema?- le soltó finalmente
Él escribió en su mente la cantidad de veces que esa pregunta había cruzado el cine. Dibujó un "no" tímido y muerto de miedo con la cabeza.
- Qué cargás con ellos y ni siquiera sentís su peso.
- ¿Cargo con qué?
- ¿No los ves?
- Inés, ¿De qué hablas?
- A vos... los amores y las verdades... te brotan en la espalda.
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Abril tenía puesto un vestido ámbar cuando conoció a Felipe. Desde entonces lo miraba siempre (siempre a los ojos).
En sus 16 Abriles completos Abril no había soltado más de un centenar de palabras en total. Ese día cruzó toda la feria con paso firme y cuando lo tuvo enfrente, se congeló de pánico. Sus pestañas se volvieron estalactitas.
Felipe terminó por alejarse, sin quitarle los ojos de encima hasta que ella, toda tiesa y fría, se volvió pequeñísima y se perdió de vista. Las muchachas del pueblo se murieron de risa de Abril muerta de Miedo.
Mas tarde, las palabras se derritieron (un poco distintas y desordenadas) en un diario:
En vano compadece el hombre a la luna, por creer que nunca pudo ver al sol. El sol le escapa, sí… pero nunca de espaldas. Porque la luna es la única que puede mirarlo a la cara: verle los ojos.
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Lucía, en su juventud, lo miraba directo a la nuca. Cuatro segundos, cinco si había mucha humedad, y él se daba vuelta, correteo de ojos y otra vez: la cuidadísima indiferencia. Lucía no desistía y jamás bajaba la mirada (no era táctica, simplemente le gustaba mirarlo a la nuca). Sabía de memoria los centímetros que separaban la línea recta del prolijo corte de pelo con navaja hasta el lunar sobre el omóplato izquierdo. Cuando soñé con Lucía en su juventud, entendí por qué mucho tiempo después lograba calcular las tazas de harina “a ojo”.
Lucía no era una mujer hermosa. De hecho todavía no era una mujer-mujer. Hacía equilibrio con harta gracia entre una cosa y la otra. Llevaba el pelo cortado “desprolijamente” para la época (cosa que sólo hacían las chicas de edad) amarrado con una ancha cinta bebé en un pequeño moño. Tocaba a Schumann en el piano, y, cuando nadie estaba en casa, apretaba todas las teclas del piano juntas y reía. Usaba el famoso colorete en las mejillas y se comía las uñas en público. Un día se levantó, arrancó todo el papel tapiz lavanda de su habitación y dijo que “estaba grande”. Otro día soltó un lagrimón cuando su sobrina arrancó el ojo izquierdo de Hilaria, la muñeca de trapo. Ocultaba, como su madre, las anchas caderas bajo una falda almidonada. Lucía lucía escotes los domingos, en la plaza luego de la misa. Pero la niña no podía abandonar a sus rosados zapatitos de estilo ballet. La regla le venía exactamente cada 28 días, pero era incapaz de llegar a horario a ninguna cita. Así se debatía, Lucía, en la frontera del País de Nunca Jamás. Y el otro desconsiderado que entre miradas indiferentes la tironeaba, y la tironeaba al lado más gris. Peter Pan no podría haberla salvado con sus encantos pueriles.
No sé que habrá visto en él. Militar desde piruja hasta la médula, con esa cabecita rapadita a cero, y un vozarrón que espantaba a cualquier bestia subterránea. Sólo tenía a su favor dos cosas que le sirvieron para casarse con Lucía. Este hombre verdecito camuflado… regalaba flores. Como si eso fuera poco, tenía el margen de tolerancia (justo y exacto) de quince minutos de tardanza en una cita prefijada. Complejo de comprender, dada la cuadratura horaria de los combatientes, pero así era. Les confieso que Lucía me confesó hace tiempo que su marido le había confesado que de niño le hubiera gustado ser civil.
Finalmente, con tres besos en su haber, se casaron. Como no era de costumbre ni de esperar en esa época, se amaron toda la vida. Ella le puso un apodo (que desde chica siempre me sonó gracioso para ese tipo bigotudo y tieso) y de vez en cuando lo repetía en la soledad de su casa. Soledad… claro... Porque al año le encomendaron una misión patriótica y él fue a hacerse el San Martín por ahí.
Para ese momento el soldadito ya estaba loco de amor por aquella mujer, y en honor a esa locura le dijo (únicamente): -Antes de que sea después, vuelvo. Ella lo besó en la frente y lo dejó ir.
Cuatro años después, y con catorce besos, siete cartas recibidas, setenta y tres enviadas y una niña en su haber, Lucía lo recibió llorando. Él la abrazó sin decir nada y se hamacó en la mecedora con su hija en brazos, hasta quedarse dormido.
Lucía lo sacudió en la madrugada: -Hábleme. -No quiero hablar mujer, pero estoy con usted ahora.
Mi abuelo cerró otra vez los ojos esa noche, con la guerra impresa en los párpados…. Y en las pupilas (según mi sueño) los zapatitos de ballet de Lucía.
Sesenta y cuatro años más tarde mi abuela me dice en un sueño: El Ahora es un tren que sólo se ve partir. Ahora está siempre yéndose lejos.
Tenía un nombre que, según algún libro milenario de la biblioteca de su abuelo, la condenaba a traerle paz al mundo. La pobre Olivia no sabía nada. Pocas décadas tenía en su haber, y una que venía pagando en cuotas, según me contó un día.
Olivia había vivido siempre en un mundo de esos bien divididos. Dividido en fronteras, regiones, en ciudades, barrios, en cuadras, edificios, departamentos, ambientes. Todos con sus respectivas puertas y ventanas (bisagras incluídas). Al llegar a su mayoría de edad, armó una valija y tres bolsos de mano y dijo adiós a sus separados padres, por separado.
Permaneció dentro de las mismas fronteras, unas cientos de cuadras más lejos de sus primeras décadas; y ese día exacto de abril pisó su nuevo y cómodo dos ambientes.
Varios días después, en horas no permitidas a señoritas de su casa, Olivia desarrollaba el occidental ritual de cortar tomates en concassé bajo la lustrosa vista de alguna bossanova, cuando algo, como en las películas, cambió su vida para siempre.
Por debajo de esa puerta que daba al pasillo, que llegaba a los ascensores que le permitían llegar a la planta baja desde donde podía salir del cúbiculo-edificio, alguien habia pasado un trozo de papel prolijamente escriturado. Tomó la nota que habia fotocopiado el administrador muy gentilmente, la leyó, y la dejó sobre la mesa. Algo perturbó a Olivia esa noche y en las siguientes noches en que, cuando menos se lo esperaba, algo atravesaba la hendija de su puerta de setenta y cuatro centímetros de largo. Había alguién en este mundo que un segundo , día por medio, tenía la trabajosa tarea de pasar notas a Olivia por debajo de la puerta e instantaneamente y sin el más mínimo sonido, desaparecer.
La semanas siguientes, Olivia no dormía. Se sentaba junto a la puerta y esperaba alguna nota. Esperaba... y en el instante justo en que su cabeza comenzaba a caer , la esquina de un papel se asomaba. Tal como si alguién estuviese aguardando su inevitable distracción. Olivia activaba todos sus músculos y giraba el picaporte con una destreza olímpica. Pero nadie ni nada habia allí... del otro lado, más que el oscuro y extenso pasillo. Y Olivia seguía sin dormir. En esas horas de largas estipulaciones había descubierto que cada papel olía a una mezcla de tabaco y crema de afeitar. A veces, cuando el sueño la hacía alucinar, creia verle la cara al señor de los pasillos.
Luego de 27 días , Olivia hizo un gesto simpático y se acostó a dormir. 3 días durmió exactamente, al cuarto día se levantó, tomó un destornillador y arrancó la puerta de aquel lugar en donde habia pasado los últimos veintilargos años. Vio a la señora del B subir con las compras de la semana, y al muchacho del D sacar a su perro a pasear.
Olivia preparó te, puso dos tazas sobre un artesanal mantel y se sentó sin esperar. Minutos después un hombre se acomodó junto a ella, sonrió y le dio las gracias.
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Ella se miraba buscando algo ajeno, algo disímil, algo que hiciese ruido en la imagen. Buscaba algún indicio que le diese esperanza. Pero nada. Inmediatamente sentía la idea de locura crónica avanzar sobre las telarañas del hemisferio derecho, donde se guardan los elementos que uno luego repite incansablemente en la vejez. Después pasaban los días y ni se acordaba; hasta que un impulso la volvía a poner frente a su imagen multiplicada, por ahora, sólo una vez.0 comentarios Temas: cuento, mujeres
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Le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. No como promesa romántica y estúpidamente inverosímil de amante. Hubiese dormido sólo las ocho horas mínimas que aconsejan los expertos en insalubridad o los inexpertos en salud… no me acuerdo bah!. ¿Si me ha afectado parte de la memoria? Si posiblemente. Pero hay cosas que no olvido, aunque anhelase.0 comentarios Temas: cuento, enojos, mujeres
Una mujer delicada, casi una pequeña niña… delicada. Asi le gustaría mostrarse, tal cual su imagen mental, delicada. Espontáneamente se ha quebrado, una lágrima seca, ahogada en otras gotas. La niña delicada y herida, víctima de toda su culpabilidad. La han quebrado sus ansias de grandes signos de interrogación. Que rara se ve, esta mujer que se añora casi melódica, con esa armadura gris. La gota imaginaria en la mejilla quema de tan fría. Y todo llueve, todo es lluvia… en blanco y negro. Los cielos azules la han descuidado, la hieren con un silencio punzante. Ha vendido su paz… se la han cambiado por un cómodo iglú, en donde se entristece de a cuentagotas sabiendo que la rutina le mentirá bien. Ella añora el aire golpeando en la cara, el sol escabullendose por los rincones de su camisa abierta, los brazos temiendo al cuerpo, un mundo verde, azul, celeste… de hojas, palabras, sonidos, perfumes, ideas… verdes, azules, celestes… Un pacto susurrado, escapar… escapar de tener que escapar, escapar a la libertad… dejarla libre. Y en cambio, una libertad aterrada…. La libertad también sutil… delicada, de una criatura frágil que se ha quebrado.0 comentarios Temas: fragilidad, mujeres, preguntas
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