jueves, diciembre 01, 2005

Lucía

Lucía, en su juventud, lo miraba directo a la nuca. Cuatro segundos, cinco si había mucha humedad, y él se daba vuelta, correteo de ojos y otra vez: la cuidadísima indiferencia. Lucía no desistía y jamás bajaba la mirada (no era táctica, simplemente le gustaba mirarlo a la nuca). Sabía de memoria los centímetros que separaban la línea recta del prolijo corte de pelo con navaja hasta el lunar sobre el omóplato izquierdo. Cuando soñé con Lucía en su juventud, entendí por qué mucho tiempo después lograba calcular las tazas de harina “a ojo”.
Lucía no era una mujer hermosa. De hecho todavía no era una mujer-mujer. Hacía equilibrio con harta gracia entre una cosa y la otra. Llevaba el pelo cortado “desprolijamente” para la época (cosa que sólo hacían las chicas de edad) amarrado con una ancha cinta bebé en un pequeño moño. Tocaba a Schumann en el piano, y, cuando nadie estaba en casa, apretaba todas las teclas del piano juntas y reía. Usaba el famoso colorete en las mejillas y se comía las uñas en público. Un día se levantó, arrancó todo el papel tapiz lavanda de su habitación y dijo que “estaba grande”. Otro día soltó un lagrimón cuando su sobrina arrancó el ojo izquierdo de Hilaria, la muñeca de trapo. Ocultaba, como su madre, las anchas caderas bajo una falda almidonada. Lucía lucía escotes los domingos, en la plaza luego de la misa. Pero la niña no podía abandonar a sus rosados zapatitos de estilo ballet. La regla le venía exactamente cada 28 días, pero era incapaz de llegar a horario a ninguna cita. Así se debatía, Lucía, en la frontera del País de Nunca Jamás. Y el otro desconsiderado que entre miradas indiferentes la tironeaba, y la tironeaba al lado más gris. Peter Pan no podría haberla salvado con sus encantos pueriles.
No sé que habrá visto en él. Militar desde piruja hasta la médula, con esa cabecita rapadita a cero, y un vozarrón que espantaba a cualquier bestia subterránea. Sólo tenía a su favor dos cosas que le sirvieron para casarse con Lucía. Este hombre verdecito camuflado… regalaba flores. Como si eso fuera poco, tenía el margen de tolerancia (justo y exacto) de quince minutos de tardanza en una cita prefijada. Complejo de comprender, dada la cuadratura horaria de los combatientes, pero así era. Les confieso que Lucía me confesó hace tiempo que su marido le había confesado que de niño le hubiera gustado ser civil.
Finalmente, con tres besos en su haber, se casaron. Como no era de costumbre ni de esperar en esa época, se amaron toda la vida. Ella le puso un apodo (que desde chica siempre me sonó gracioso para ese tipo bigotudo y tieso) y de vez en cuando lo repetía en la soledad de su casa. Soledad… claro... Porque al año le encomendaron una misión patriótica y él fue a hacerse el San Martín por ahí.
Para ese momento el soldadito ya estaba loco de amor por aquella mujer, y en honor a esa locura le dijo (únicamente): -Antes de que sea después, vuelvo. Ella lo besó en la frente y lo dejó ir.
Cuatro años después, y con catorce besos, siete cartas recibidas, setenta y tres enviadas y una niña en su haber, Lucía lo recibió llorando. Él la abrazó sin decir nada y se hamacó en la mecedora con su hija en brazos, hasta quedarse dormido.
Lucía lo sacudió en la madrugada: -Hábleme. -No quiero hablar mujer, pero estoy con usted ahora.
Mi abuelo cerró otra vez los ojos esa noche, con la guerra impresa en los párpados…. Y en las pupilas (según mi sueño) los zapatitos de ballet de Lucía.
Sesenta y cuatro años más tarde mi abuela me dice en un sueño: El Ahora es un tren que sólo se ve partir. Ahora está siempre yéndose lejos.

lunes, noviembre 07, 2005

No me cuides más

Voy a pedirte que no me mires más así. Guardas entre los dedos un silencio que me deja inerme. Y no es silencio de cosas ausentes, sino calladas. No construyas hacia mi laberintos de zozobras vanas. A veces no puede impedirse que duela. A veces, para mi o para vos, hay dolor en el destino. Un soplido de algodon puede quemarme la piel. Pero tené menos cuidado de mi fragilidad. Hoy sólo quiero hundirme en vos, en tus flores y tu barro... inundarlo todo así. Colmar una habitación con anarquía de pieles y palabras, y vivir. Con la punta de los dedos, vivir. No me cuides mas. Tan sólo ayudame a vivir amor siempre. En un siempre que es ahora y nunca más. Si existiese, el día en que la punta de los dedos recoja sal, será mañana. Hoy dame todo lo que tengas para mí. Yo procuraré no soplar algodón en tus pupilas. Y dar labios y comisuras a tus parpados dormidos. Pero no me cuides más de vos. Y sabé que yo no voy cuidarte de mi, corazón. Porque yo, soy lo único que tengo para darte.

martes, noviembre 01, 2005

Olivia

Tenía un nombre que, según algún libro milenario de la biblioteca de su abuelo, la condenaba a traerle paz al mundo. La pobre Olivia no sabía nada. Pocas décadas tenía en su haber, y una que venía pagando en cuotas, según me contó un día.
Olivia había vivido siempre en un mundo de esos bien divididos. Dividido en fronteras, regiones, en ciudades, barrios, en cuadras, edificios, departamentos, ambientes. Todos con sus respectivas puertas y ventanas (bisagras incluídas). Al llegar a su mayoría de edad, armó una valija y tres bolsos de mano y dijo adiós a sus separados padres, por separado.
Permaneció dentro de las mismas fronteras, unas cientos de cuadras más lejos de sus primeras décadas; y ese día exacto de abril pisó su nuevo y cómodo dos ambientes.
Varios días después, en horas no permitidas a señoritas de su casa, Olivia desarrollaba el occidental ritual de cortar tomates en concassé bajo la lustrosa vista de alguna bossanova, cuando algo, como en las películas, cambió su vida para siempre.
Por debajo de esa puerta que daba al pasillo, que llegaba a los ascensores que le permitían llegar a la planta baja desde donde podía salir del cúbiculo-edificio, alguien habia pasado un trozo de papel prolijamente escriturado. Tomó la nota que habia fotocopiado el administrador muy gentilmente, la leyó, y la dejó sobre la mesa. Algo perturbó a Olivia esa noche y en las siguientes noches en que, cuando menos se lo esperaba, algo atravesaba la hendija de su puerta de setenta y cuatro centímetros de largo. Había alguién en este mundo que un segundo , día por medio, tenía la trabajosa tarea de pasar notas a Olivia por debajo de la puerta e instantaneamente y sin el más mínimo sonido, desaparecer.
La semanas siguientes, Olivia no dormía. Se sentaba junto a la puerta y esperaba alguna nota. Esperaba... y en el instante justo en que su cabeza comenzaba a caer , la esquina de un papel se asomaba. Tal como si alguién estuviese aguardando su inevitable distracción. Olivia activaba todos sus músculos y giraba el picaporte con una destreza olímpica. Pero nadie ni nada habia allí... del otro lado, más que el oscuro y extenso pasillo. Y Olivia seguía sin dormir. En esas horas de largas estipulaciones había descubierto que cada papel olía a una mezcla de tabaco y crema de afeitar. A veces, cuando el sueño la hacía alucinar, creia verle la cara al señor de los pasillos.
Luego de 27 días , Olivia hizo un gesto simpático y se acostó a dormir. 3 días durmió exactamente, al cuarto día se levantó, tomó un destornillador y arrancó la puerta de aquel lugar en donde habia pasado los últimos veintilargos años. Vio a la señora del B subir con las compras de la semana, y al muchacho del D sacar a su perro a pasear.
Olivia preparó te, puso dos tazas sobre un artesanal mantel y se sentó sin esperar. Minutos después un hombre se acomodó junto a ella, sonrió y le dio las gracias.

miércoles, octubre 19, 2005

Tormentas Necesarias

Miradas frenéticas y salvajes. Compás de dos mundos, que son uno y tres tambien. Se hace caro compartir cuando uno pelea bienes con uno mismo. Y ya no hay fuerzas, no más. Pero hay. Jaque Mate a la Reina Mentira. Y a todos los peones con ella. La corriente que arrastra, te hace girar y marear. Entonces ya no hay nada mas que agua que corre. Quizas hoy no te toca ser la excepción y llegas al fondo del mar. Dríadas psicodelicas y nerviosas te envolverán entonces y serás sal. Sal y Agua. En ojos propios y ajenos. Te ofreceran todo y no querrás nada más que paz. Uno de los tres mundos se volvera pequeño y gris, y habra puertas rotas y disparos. Luego gente de finjida risa en reuniones sociales. Querras escupir todos los cielos y gritar a todos los dioses. Pero no vas a querer. Vas a alcanzar la superficie soltando la sal y el agua. Y ya no buscarás mas. Los rostros rosados apareceran sin telas de araña. Besaras párpados y vientres sin descanso. Desentrañaras el misterio de la respiracion sobre la almohada. Y callaras paredes pintando deznudez sobre el blanco opaco. Pondras a dieta a las bestias y monstruos que devoran libertades en todos tus papeles. Anotarás en un cuaderno trotamundos que Nunca es una palabra que suele mentir. Escurriras sal de los ojos que te busquen. Serás manos entre manos y pies entre piernas. Reiras en el momento de la locura. A carcajadas de voz alta... y haras reir tambien. Soltarás las amarras del sobretodo gris. Vivirás amor siempre.

jueves, septiembre 15, 2005

Devorada

El mundo del derecho y el revés. Y viceversa. Ahora entiende por qué hace un tiempo tituló a una poesía "Adentro". Y se enojaba con ese Adentro social y mentiroso. Se enojaba porque ella no paraba de mentirse. Hacia adentro. Y se habia vuelto una de esas personas a las que no les gusta cruzarse con el reflejo de los espejos. Jugaba con ella misma a un Escondite Inglés solitario. Y ahora que quería verse, detrás del tul no podía ver nada. Todo era una duda nublada. El escepticismo se la estaba terminando de comer.
Mucho tiempo balanceandose en la curva que toma el signo de interrogación. Quebrando límites que ni siquiera conocía. Ahora buscaba la salida, adentro del monstruo que la había devorado. Y corría. No podía mirar a nadie, ni decir que sí ni decir que no. No podía. No sabía. Ahora todo era correr, buscando a la otra y preguntarle si ella sabía como encontrar la salida hacia adentro.
Si tan sólo hubiese sabido (pero es que ya no sabía nada) que había que sentarse y esperar con los ojos abiertos. Esperar a que la bestia la vomite.

martes, septiembre 06, 2005

Retractarse

Mentira. Mentiras. No pienso sólo en vos... ni primero.
Primero pienso en mí, por haber pensado último. En mí devorada, otra vez, por una figura de cartón que nos sos vos ni nadie... ni nada.
Nada. Nunca. Nadas.
Pienso en mi, sí. En mí antes y después. En mi cuerpo que es virtual, y no. En mi espíritu, que no suelta amarras, pero se va con vos, o con el que sigue o con el que pasó. Que viveza la mía. Que viveza la tuya. Que estupidez la nuestra. Vos quisiste entrar para escaparte, y yo me escapé para entrar. Y juntos nada. Nunca. Nadas. Ni Todavía ni Ya. Porque hasta mi nube es mía, y la tuya es tuya. Ya sé que ni lo pensaste. Ya sé que a vos no te importa. Pero no pienso en vos por vos. Pienso en vos por mí, para no estar triste. Y lo estoy. Sin embargo lo estoy. No dejo de ponerte, así sea en el vacío.

Garganta

Sin querer, y queriendo sin querer, lo estás aniquilando. Lo hundís con el dedo en tu whisky on the rocks, y si podés lo metés entre dos hielos ( la espada y la pared, diría un amigo). Después me decís (en realidad ya no nos decimos más nada, por designio de una suerte extraña y frívola) que no te encontrás. Cómo te vas a encontrar entre tantas figuras de cartón tamaño real de vos mismo. Encima dejás abiertas las ventanas, con el pleno invierno que vaga allá afuera... y vos desnudo entre papeles que hablan de un hombre almidonado y gris, y retorcido y cruel.
¿No te das cuenta de que temblás? ... No...
Al final, como un imbécil solitario, te preocupas por tus demonios, y el único monstruo capáz de comerte es esa coraza a la que le permististe encerrarte.
Al final, como dos imbéciles, nos abandonamos mutuamente en plena soledad. Y vos no sé que harás, yo grito en pasillos eternos buscando salir de la hoguera... y pienso de vez en cuando en vos.... casi siempre con odio, por que te estás devorando al tipo desnudo que sos... detrás de la armadura almidonada.

jueves, agosto 18, 2005

Tiempo


Te invito a mudarte a la habitación del olvido. Quizás, cuando no me duela tanto, te llamo y te convierto en una mueca extraña y silenciosa... como esas que aparecen cuando el recuerdo cruza el umbral y de repente nos encontramos hablando de vos y yo... sin pensar ya en un doloroso nosotros.

Claroscuro

Ella se miraba buscando algo ajeno, algo disímil, algo que hiciese ruido en la imagen. Buscaba algún indicio que le diese esperanza. Pero nada. Inmediatamente sentía la idea de locura crónica avanzar sobre las telarañas del hemisferio derecho, donde se guardan los elementos que uno luego repite incansablemente en la vejez. Después pasaban los días y ni se acordaba; hasta que un impulso la volvía a poner frente a su imagen multiplicada, por ahora, sólo una vez.
Todo Igual. Pero al revés.
Un día decidió no mirarse más (en realidad, para que ella no tuviese que verla más); los envolvió uno por uno, sacó el miniatura de la cartera de mano, y los dejó bien envueltos en la vereda.
Quizás era verdad. Quizás del otro lado había alguién que era igual a ella pero al revés. Alguién que al igual que ella necesitaba refugio; pero lo tenía. Alguién que lloraba y reía. Y no también. Alguién que buscaba casi ininterrumpidos estados de felicidad; pero los buscaba en los lugares adecuados. Ahí estaba la contradicción que otorgaba esperanza. Esperanza de ser feliz, al revés, del otro lado. Feliz en algún lugar.
Por eso decidió tirarlos. Porque, esa mañana se despertó con una certeza. Pensó así que no era justo devolverle a la otra (que le daba esperanzas por lo menos) el reflejo espectral de una mujer que vivía igual; pero al revés: sobrevivía.

lunes, agosto 15, 2005

Vigilia


Sherezade había existido en un tiempo y un lugar lejanos, con un motivo destinado a trasladarse, por los tiempos de los tiempos, en una sucesión de fantasías, miedos y deseos.
Sherezade había, durante siglos de vueltas de reloj de arena, contado historias hasta vislumbrar la mañana y callarse discretamente.
Un día, cuando todavía podía dormir, despertó en otro tiempo, con otro nombre. Tenía frente a ella una extraña pero familiar versión del rey Shahryar. Se dispuso a hacer, casi sin saberlo, lo que había hecho tres parpadeos atrás.
Cuando él termino de escuchar su historia, bajó la mirada y empezó a escusarse. El rey no habia dejado de ser rey, apesar de la arena...
Sherezade, contra todo pronóstico, lo cortó en seco... "Podrías contarme mil historias ... pero, ¿quien te salvará de ti mismo la noche número mil uno?"
Se despertó justo después de la breve entonación que condena interrogación. No supo nunca que del otro lado del tiempo, en la noche número mil uno, un hombre lloraba su muerte.

domingo, agosto 14, 2005

Cien años de soledad


"... ningún lugar de la vida es más triste que una cama vacía"- G. García Márquez

martes, agosto 02, 2005

Ultima Hoja

Le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. No como promesa romántica y estúpidamente inverosímil de amante. Hubiese dormido sólo las ocho horas mínimas que aconsejan los expertos en insalubridad o los inexpertos en salud… no me acuerdo bah!. ¿Si me ha afectado parte de la memoria? Si posiblemente. Pero hay cosas que no olvido, aunque anhelase.
Bueno, estábamos en que hubiese dado la vida por usted, realmente. Quizás eso no hubiera sido tan malo, porque usted sería mía (no mía como posesión irreal de enamorado) y yo hace ya tiempo que soy suyo (su posesión real… si me ama oh! mucho mejor). Pasaría mi eternidad escribiendo… escribiéndola.
Se cruzan preguntas y preguntas. Que cómo iba yo a imaginar. Que cómo se le ocurre al orden de las cosas perder su regularidad justo ahora, y con cosa tan seria. Que cómo no pensé bien antes de escribir que usted me enamoraba. Tonto de mí, escribí que usted me enamoraba. Todo estaba bien si usted no me cautivaba, porque mientras yo no la amaba nadie lo haría ¿entiende? No habría sido nunca creada para hechizar al hombre. Habría sido mi compañera, y si nos ponemos a respetar al todopoderoso, habría sido mi ángel. Pero, a mi se me ocurre escribir que usted me enamoraba. Y ahora tengo que explicarle.
Es que yo nunca pienso lo que escribo. Cuando uno lleva años de escritor aficionado ya no piensa lo que escribe. Pero yo tengo que explicarle, pero cómo. Usted comprenda, era tarde para ir a buscar a María, ella ya había viajado hacía meses a Madrid. Ya no había material femenino que admirar en casa. Está bien que a la planta le ponga nombre de mujer, pero no era material, no era, no había por ningún rincón ya. Ni siquiera había dejado una camisa la muy desconsiderada. Diga que no me gusta echar culpas sino, ella sería tan responsable como yo. Qué tiempos de desconsuelo… si usted hubiese estado antes…. Pero no.
Y vio como es esto de la soledad. Uno construye puentes inimaginables. Esa noche empecé a escribir, entonces… cómo explicarle. Es mejor así lo sé, y usted ya no merece mi compasión a esta altura, lo sé también. La cuestión es que yo la escribí. Si, eso. Mucho antes de que usted se despertase del desmayo en aquella calle, yo la había conocido cuando la escribí. No había sido exactamente así el encuentro, es verdad (acá es en donde sospecho que el otro, ese que está con usted ahora, metió mano también en la historia).
Yo iba caminando por Mendoza triste, y bueno… la señorita de ojos azules del mercado (si, usted, la misma) se desmayaba y yo corría en su auxilio. Luego los detalles varían pero la historia ya la conoce.
No, mi querida, no existe tal amnesia, usted apareció en este mundo por cruce de pluma y papel. Para ese entonces yo ya había escrito parte de la que era nuestra historia en el papel. Justo en el momento en el que usted rompía la maceta con la planta de nombre femenino, tinta que se acaba y son las tres de la mañana y cómo iba yo a imaginar que era esa mañana la que usted rompía la maceta en nuestra historia de carne y hueso.
Allí comenzó el problema, y ya sé que la tuve un poco descuidada. Pero era el sueño, juro que no eran malas intenciones. Cinco días de escribir sin descanso para que usted me omita tantas páginas y otra vez se me quedaba quieta en la cama… cada día más pálida. Entonces yo tenía que escribir con más cautela, pero con apuro, pero con cautela, pero con más ingenio (ahí es donde creo que al otro que metía mano no le gustaba cuando yo la cuidaba en el papel, y entonces usted no se me despertaba en la vida).
Allí se me ocurre escribir que usted me enamoraba. Porque en el papel usted me enloquecía. Gritaba yo en las noches cuando usted se quedaba trabajando en la florería. Gritaba en el papel. El otro maldito aprovechó mi debilidad, mi descuido, para engatusarla. Y usted se me deja. Usted se me deja cómo si su dueño, su creador, fuese él.
Pero no. Yo le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. Yo lo hubiese hecho porque sabía y se hoy que escribo esto, que soy el único que la mantiene con vida.
Bah! El otro ese es un cerdo que se está divirtiendo por casualidad. Como el que engancha una conversación telefónica en una línea pinchada. El otro se divierte y mete mano, modifica, pero no determina.
¿Cómo se me va a ocurrir a mí escribir que usted me enloquecía? Ahora hay herida de soledad otra vez, y otra vez los puentes, otra vez la pluma. Pero la pluma esta vez asesina. Creando todavía, ya no crea vida, crea muerte.
Es que usted lo enamoró a él también, cuando yo ya estaba enloquecido. Cuando yo no vivía porque usted estaba pálida en mi cama, y en mi cama del papel usted estaba viva, gritaba, florecía.
Perdóneme, yo que la amo, pero… pero usted dormirá allí y yo… bueno yo compraré otra pluma y tiraré la maceta nueva y su camisa del armario que huele tan rico. Entonces la soledad, y quizás esta vez nadie que meta mano… otra mujer. Si, otra mujer, pero esta no me va a enamorar, no. Perdóneme, pero es mejor así…Igual tiene que saberlo.
Hoy mientras él esté distraído amándola en lo real, y usted esté creyendo que termina de leer la carta de su abandonado amor, va a volver a este papel, para dormir por siempre (de esos siempre de verdad) pálida en mi punto final.

lunes, agosto 01, 2005

Adentro

Adentro... y esta manía de agarrarse el pecho, este simbolismo de manos superpuestas sobre un corazón que es un puño poéticamente trillado. Y digo adentro... como si fuese verdad esa metáfora de corazones que se rompen como cristales de invierno. Como si alguna vez a alguien le hubiesen vaciado realmente el pecho de contenido. Como si fuese real que sin alguien a otro alguien le faltó alguna vez el aire de los pulmones. Y al final si es sólo sangre, músculo, aire, impulso y hueso, ¿por qué sigo diciendo adentro? ¿Por qué duele sin doler, y adentro? ¿Por qué no duele afuera donde se puede emparchar? ¿Por qué este dolor que es cosquilla, presencia, memoria? Adentro sin haber entrado ni poder salir. Como si su gestación, crecimiento, mutación e inmortalidad viviesen sólo en un mundo de adentros. Adentro de mí, de mi piel, de mi pecho, de mis huesos, de mi corazón, de mi sangre.
Adentro de la cajita en donde te guardo junto a la cara triste de los días de bossa y lluvia , a la lágrima de despedida de estación de tren agolpada en la garganta, y a los labios temblorosos de película drámática que acaba de terminar... Adentro envolviéndolo todo, y tan sólo eso... y quizás nada hoy, que yo estoy más afuera que dentro de mí.

martes, junio 07, 2005

Mariposa de Colección

Voy a elegir alguna grieta del cuerpo y lo voy a guardar. Voy a esconder tu trivial perfume combinado con el aroma libidinoso que en ciertos momentos toma el tabaco. Antes tengo que saber como coser la herida cuando lo encierre ahi dentro.
Era
una imagen premonitoria: había que volar, nene... volar. Con los pies en la tierra, volar. Pero tu esencia no bastó para sobrevivir al viaje, y el tábaco fue humo y ceniza inerme.
Tuve que migrar, perdón, es la fragilidad. Como la mariposa que se quema en la odisea de vivir.
Otra vez. Y una vez más. Mis pies en alguna nube otra vez. Mis alas consumidas de fuego, alimentado la tierra, una vez más.

miércoles, mayo 18, 2005

Urgencias

No pensaste que quizás ella necesita que le digas que la soñás antes de dormirte, que le beses los párpados sin avisar, o que te asomes detrás del libro que lee sin pedirle permiso. Y en cambio ni sabe que hadas duermen bajo tu almohada, desconoce si te duele el cruel metro de distancia que toman al hablar de poesía, o música o de locura. Mientras, hay duendes tironeándole las ropas, gritando algo sobre tu sonrisa y el movimiento relajado de tus manos al callar.
Y ella sueña despierta que te besa los párpados sin avisar.

Caleidoscopio

Te llega una versión distorcionada de mi. Un catalejo que se transforma en caleidoscopio.
Ves multiplicados mis demonios pero no ves que así también, construís una lista interminable de diferentes maneras de mirarte y de ojos que te miran.
Entonces a mi, también me llega una visión distorcionada de vos. Sólo que mirándote de esta manera extraña, quizás intento ahuyentar tus tantos demonios multiplicados.

lunes, mayo 16, 2005

Hablar


Hoy dejemos de hablar de la serpiente de cascabel que me llama desde un pasado que se extiende a hoy... hablemos de la rotura de mi pantalón a la altura de la rodilla. O del té que a veces me tomo a la madrugada (ese té de a veces, me hace pensar en vos a veces).
O no hablemos mejor... mejor aprisioname cerca. Sino voy a terminar soltando mis insoportables metáforas trilladas sobre corazones, y espíritus, y almas... Y vos, y yo...

Cruces en la Soledad


No sé que buscas en ese lado de mi.
No sé desde que lado de vos me estás tocando, cuando me tocás. Ni quien canta cuando cantás.
No sé que hago parada en esta cara de la moneda, escondida en el rincón de mi cajita musical. Esperando que aparezcas y des cuerda. Y bailar.
No sé si vos temblás a veces. Yo no sé quien tiembla cuando tiemblo. Puede que sea la otra que vive en ese lado de mi. Y no sé que buscás ahi. Quizás compañía para el hermitaño que habita en ese otro lado de vos.

miércoles, mayo 11, 2005

Egoísmo

Todos los viajes, tienen como último tramo la vuelta a uno mismo.

Todo al final de cuentas, no lo hacés ni vos por mí, ni yo por vos.... sino por el propio beneficio.

Quizas me gustaría que busques en mí tu beneficio, que algún día el último tramo hasta vos incluya atravesar ese último tramo hasta mí.



Esta entrada es para Val, porque por ahora el blog es para vos y para mi ego... para que puedas leerme mientras yo te leo, o mientras yo duermo y vos tenes insomnio, como yo ahora... una amiga de hace mucho tiempo una vez soltó una frase que robo y cito a continuación: "es como esas personas que uno se encuentra en el camino, ya andando"...

lunes, abril 18, 2005

Monstruos


Y al final, todo resultaría bien, si utilizaces mis manos como credo, y el hueco de mi vientre cual cobija, cuando tus monstruos llaman a la puerta... porque seguramente los míos les siguen detrás

Ilusiones

Castillos de arena mojada, que seca el sol... que los hace bellos pero más frágiles...
Castillos de arena que dejan de ser castillos para pasar a ser un barco que mil y una noches más me lleva hasta tu puerto... o quizás tan sólo a formar parte del basural de granos de arena que está siempre junto al mar.

Avestruces


Perdón por el abismo... por la pared, la burbuja y la coraza... Perdón porque después de ella estoy desnuda y no podés verme. Perdón pero es que temo, que más allá de mi abismo, esté tu abismo, tu pared, tu burbuja y tu coraza.
Perdón porque sé que detrás de ella estás desnudo y no te puedo ver.
Quizás lo único que nos aleja, entonces, son nuestros temores... Y quizas también sean ellos los mismos que de cuando en cuando nos logran acercar.

viernes, abril 01, 2005

Gritarlo

Encontrarse.
Invitarte a dormir en el hueco de mi mano, sin canciones de cuna que te quemen las pupilas. Tan sólo un puñado de sal para las heridas. A veces para sanar hay que sufrir, nene, hay que gritarlo. (Me duele).

Descubrirse.
Armar un ramo de calas, melodías y aromas de lavanda y miel, para que riegues cada rincón de tu casa, y te ayuden cuando el mundo se te haga muy pequeño. A veces para sanar hay que reir, nene, hay que gritarlo. (Me gusta).

Desencontrarse.
Comprar una cajita en donde pueda esconderme cuando saques sin querer, el puñal. Y un par de nuevas canciones de cuna que quemen tu imagen en mis pupilas. A veces para sanar hay que cuidarse, nene, hay que gritarlo. (Cuidame).

Buscarse.
Evocar las palabras mágicas que te llaman. Decir en voz alta el sortilegio que me encuentra. Envolverse en el silencio de miradas carentes de armadura. A veces para sanar hay que entregarse, nene, hay que gritarlo. (Me entrego... Entregate).

Siempre para gritarlo hay que buscarse, nene, siempre buscarse...