domingo, octubre 22, 2006

Abril en el país de las Maravillas

Cada segundo que pasa se prolonga en el tiempo infinitas veces, aunque ni vos ni yo podamos tocarlo, rozar siquiera ese infinito, con algo más que el recordar. Quien pudiese constantemente ser espectador, del instante justo en el que te vi por primera vez, y verte otra vez, y otra, y una vez más... en un haz de varios "conocerte".

La noche anterior le trajo un ramo de crisantemos blancos. Los puso en el florero plateado del pasillo, como siempre.
Abril preparó café y pensó en el sueño. Algunas gotitas de ron para él, así le gusta (¿así le gusta?), viró la mirada confundida (en el espejo sólo la cama revuelta) hacia la almohada que había debajo de su cabeza; él respiraba como si tuviese en su sueño un cronómetro de maratonista.
Abril es Alicia y Alicia es Abril, Abril es miles de Abriles, en el fondo lo sabe bien. Él es miles de otros él, pero el mismo al que le gusta la gota de ron, los cuentos de Poe y meter la cabeza en el agua y ver que aguanta un minuto cuarenta y tres.
Deja la taza cerca de su nariz, camina hacia la maquina de escribir (nunca voy a permitir que tiren esta máquina).

Papel. Correteo de cinta. Línea. Mientras dormíamos nos mudamos al País de las Maravillas. El dedo índice en la tecla de punto, el punto que no llega nunca porque él resopla un sonido extraño que Abril conoce bien y que significa que debe dejar la máquina, abrir las primeras dos tiras de madera de la persiana, quitarse el pijama y volver a la cama. Mientras dormíamos nos mudamos al País de las Maravillas, le tiró al oído.

-¿Y somos felices acá?- le preguntó, acomodándose la espalda en la pared y tomando la taza con tres dedos.
- Somos felices en todos lados. - contestó ella
Inmediatamente sintió el frío en el pecho, la cama desierta, el florero vacío.
- ¿Qué pasa?- sacudiéndola despacito
- Acá somos felices.- La cara en blanco y un solo impulso que la mueve a la silla otra vez.


Abril prepara café sin azúcar. Se sienta frente a la máquina de escribir (nunca voy a permitir que tiren esta máquina). La cama está revuelta hace días y a Abril no le importa, porque su madre no ve el desorden. Escribe una historia sobre una mujer que vive a través de los espejos varias vidas, y hacia la mitad de la mañana aparece en todos los rincones de la mente y del suelo y del techo; aparece entremedio de las largas tiras de teclas de la maquina, en una taza amarilla que descansa sobre la alacena, un hombre que no está. All your life is hello-goodbye dice la canción en la radio y en medio de las sombras (la persiana está rota) Abril llora las heridas abiertas y avinagradas.

El dedo índice aprieta con fuerza el punto. Él termina el café, mira unos segundos a la mujer desnuda y vuelve a acostarse (luchar por celos con una maquina de escribir le parece ridículo). Aquí sos feliz. Podés manejar a tu antojo el silencio y el ruido; te la pasás riendo a carcajadas y no te lastimás, y no me lastimás. Conseguiste un reloj de arena que puede detener al mundo entero, y dos veces por día (que no sabemos lo que es) lo agitas con fuerza para hacerme el amor en medio de la nada. Aquí yo soy feliz; tomo vino dulce para acompañarte, si quiero. Soy feliz casi siempre; menos en esas noches donde te enredas en mi vientre y todo da vueltas… y yo sueño que nos mudamos a un país donde estamos cerca y no nos tocamos; donde llorás y yo te odio mientras te miro la espalda sin verte. Un país en donde me matás de miedo, porque no estás y me seguís dañando (las grietas sangran vinagre)… en donde me despierto queriendo gritar y no estás, pero yo sigo escribiendo palabras en tu nombre.

Se despertó rara. Abril preparó café y pensó en el sueño. Viró la mirada confundida (en el espejo sólo la cama revuelta), dos tazas en la mano, una huele a ron, y una niña que de pronto se pierde y se asusta. De repente, al fondo del pasillo un florero con tres crisantemos y el timbre que resuena en medio de la habitación.

- Somos lo que somos en todos lados- pensó Abril.

Caída Libre a tus ojos

Lo mejor de trabajar en la Galería era que Santiago la miraba desde el puesto de flores. Había intentado acomodar los veintitrés espejos de la vidriera de mil maneras pero él se las ingeniaba para aparecer en algún haz de luz e intimidarla con esa mirada que la partía en cien y la desfiguraba. A veces tenía la sospecha de que en aquellos lugares de su cuerpo que ella no llegaba a ver se le formaban cicatrices de las cruentas batallas que libraban, siempre mirándose entre reflejos y gardenias.
Nunca olvidaría el día que dio vuelta en la esquina esa del supermercado de Yi- Chang y lo vio entrar en su casa. Su casa. Ana había quebrado un puente muchas veces infranqueable: sabía donde vivía. Luego de eso se volvió una maestra del disfraz, y se paró unas cuantas veces a observarlo entrar a su casa (o salir del mundo, en su defecto).
Tampoco podría olvidar el día que ella limpiaba la vidriera (del lado de afuera) y él le clavaba los arpones en la espalda, y las pantorrillas, y otras cosas que le dio pudor imaginar. No lo olvidaría porque ese día fue el del muchacho y “¿Santiago?” y luego los "no lo puedo creer", "tanto tiempo", y luego el "desde sexto grado", "cómo me reconociste", "la vieja está bien… se compró un chalecito en Bella Vista".
Santiago. Lo escribió por todos los lados que pudo. Santiago. Después borró cada uno de los nombres. Santiago.
Hacía una semana que había visto el cartel y Ana ya no tenía más uñas que comerse. “Cerrado por duelo”. Ana miraba el cartelito blanco horas, como si así pudiese encontrar alguna otra pista, algún dato que indicase el regreso. Al día siguiente se paró con un sobretodo marrón frente a la casa. Nada. Compró cigarrillos en el Supermercado de la esquina. El señor cajero le contó, sin hacer distinción entre la R y la L, que era la octava vez en el mes que lo asaltaban. Ana atinó a un “lo importante es que no lastimaron a nadie”, y luego se fumó diez cigarrillos en media hora. Ana no fumaba en realidad. Cuando emprendió la vuelta, guardó el paquete medio lleno/medio vacío en la cartera y ahí quedó por meses.
Ya en casa, hizo alguna pavada para comer y hacia la nochecita salió al patio a “tomar el aire”. Estaba acostada en el piso, mirando las escasas estrellas que todavía se compadecen de los ciudadanos de Buenos Aires, cuando advirtió una ventanita, chiquitita, en la medianera. Alguien la abrió, un hombre más precisamente, asomó su diminuta cabeza y le sonrió.

- Linda noche, ¿no? - preguntó el extraño.
- Si, es una de esas en que el aire está revuelto.- contestó Ana, disimulando la extrañeza.
- Esas son las favoritas de mi hermano.
- A mi tamb….
- (susurrando) Debo irme, si me ve hablando con una mujer, me mata.- dijo cerrando la ventana.
Así sucedió otras veces, mientras Ana regaba las plantas del patio, él le contaba historias traídas de la India o le pasaba las recetas de cocina de su abuela. Ana le contaba cómo se podía vender un espejo de mala calidad sólo con ponerle un buen marco de madera, le relataba episodios de las novelas de los ’50 y le hablaba de Santiago, de su desesperación y más tarde de su desesperanza. Luego aparecía ella (aunque Ana no la veía, la imaginaba… ahí detrás cruzando la puerta preguntándole “¿Qué hacés en la ventana?”) y él se apresuraba a cerrarla (“Tomaba aire”).
Un día, mientras repintaba las macetas, se decía a si misma que si Santiago volvía a la Galería le iba a comprar un cactus.

- No tengo cactus… dicen que es bueno tener un cactus, trae buenos augurios- le inventó al señorcito de la ventana.
- ¿Probaste tocándole la puerta?
- Me muero de vergüenza… ¿que hago cuando me abra?... Ni loca…
- Para cuando te vea no vas a tener que hacer nada…
Ana lo disimuló pero estaba enojada. El de la ventanita había abierto una posibilidad que la aterraba, que implicaba hacer algo más que analizar casi científicamente el cartelito. Luego se le ocurrió “Te vi entrar aquí… pensé… que podías ayudarme con una planta que me regaló mi hermana y que..."
Decidió preguntarle al hombre de arriba qué opinaba. Estuvo varios días sin aparecer, hasta que al fin (ella de espaldas) le soltó: tenés que ir hoy y encerrarte ahí con él. Giró el torso y vio la ventanita tapada con maderas viejas y clavos oxidados. Ana se llevó la mano a la boca.

Tocó la puerta dos veces (tres le pareció un exceso). Nada. Volvió a tocar, uno y medio y alguien que la toma del hombro y la invita a pasar. Jamás hablaron de la planta de la hermana, ni de cómo mentir no era el fuerte de Ana.

- Voy a comprar cigarrillos- le dijo él mientras se ponía las medias- me gusta fumar en la ventana en estas noches de aire enrevesado.
- Ana lo tomó del brazo sin saber por qué y no supo qué decirle tampoco.
- No tardo, es acá en la esquina
- (sin pestañear) Tengo unos en la cartera.

Santiago le dio un beso en la sien y le sopló alguna frase graciosa sobre su estado de alerta.
A los diez minutos escucharon los disparos. Luego los gritos en un idioma incomprensible para aquella zona. Cuando se escucharon las sirenas y ellos bajaron a ver qué había pasado, tres hombres, dos encapuchados, se hallaban tirados en el piso, camuflados en sangre. La mujer sostenía a su marido en brazos y profería maldiciones orientales al viento espeso y seco de la madrugada.

Santiago estaba entumecido de pies a cabeza. Las ancianas de la cuadra se amontonaron junto a los cuerpos y la manada de policías, y enunciaron las quejas al gobierno, a la inseguridad, que por qué a la buena gente, que yo siempre venía a comprar aquí y que al final siempre pasa lo mismo.

Santiago se quedó sentado en la cama, llorando en seco. En el espejo, Ana vio la foto de los dos hermanos sobre la cómoda. Atravesó la mitad de la cama y se lo enredó en el cuerpo con fuerza
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