Cada segundo que pasa se prolonga en el tiempo infinitas veces, aunque ni vos ni yo podamos tocarlo, rozar siquiera ese infinito, con algo más que el recordar. Quien pudiese constantemente ser espectador, del instante justo en el que te vi por primera vez, y verte otra vez, y otra, y una vez más... en un haz de varios "conocerte".
La noche anterior le trajo un ramo de crisantemos blancos. Los puso en el florero plateado del pasillo, como siempre.
Abril preparó café y pensó en el sueño. Algunas gotitas de ron para él, así le gusta (¿así le gusta?), viró la mirada confundida (en el espejo sólo la cama revuelta) hacia la almohada que había debajo de su cabeza; él respiraba como si tuviese en su sueño un cronómetro de maratonista.
Abril es Alicia y Alicia es Abril, Abril es miles de Abriles, en el fondo lo sabe bien. Él es miles de otros él, pero el mismo al que le gusta la gota de ron, los cuentos de Poe y meter la cabeza en el agua y ver que aguanta un minuto cuarenta y tres.
Deja la taza cerca de su nariz, camina hacia la maquina de escribir (nunca voy a permitir que tiren esta máquina).
Papel. Correteo de cinta. Línea. Mientras dormíamos nos mudamos al País de las Maravillas. El dedo índice en la tecla de punto, el punto que no llega nunca porque él resopla un sonido extraño que Abril conoce bien y que significa que debe dejar la máquina, abrir las primeras dos tiras de madera de la persiana, quitarse el pijama y volver a la cama. Mientras dormíamos nos mudamos al País de las Maravillas, le tiró al oído.
-¿Y somos felices acá?- le preguntó, acomodándose la espalda en la pared y tomando la taza con tres dedos.
- Somos felices en todos lados. - contestó ella
Inmediatamente sintió el frío en el pecho, la cama desierta, el florero vacío.
- ¿Qué pasa?- sacudiéndola despacito
- Acá somos felices.- La cara en blanco y un solo impulso que la mueve a la silla otra vez.
Abril prepara café sin azúcar. Se sienta frente a la máquina de escribir (nunca voy a permitir que tiren esta máquina). La cama está revuelta hace días y a Abril no le importa, porque su madre no ve el desorden. Escribe una historia sobre una mujer que vive a través de los espejos varias vidas, y hacia la mitad de la mañana aparece en todos los rincones de la mente y del suelo y del techo; aparece entremedio de las largas tiras de teclas de la maquina, en una taza amarilla que descansa sobre la alacena, un hombre que no está. All your life is hello-goodbye dice la canción en la radio y en medio de las sombras (la persiana está rota) Abril llora las heridas abiertas y avinagradas.
El dedo índice aprieta con fuerza el punto. Él termina el café, mira unos segundos a la mujer desnuda y vuelve a acostarse (luchar por celos con una maquina de escribir le parece ridículo). Aquí sos feliz. Podés manejar a tu antojo el silencio y el ruido; te la pasás riendo a carcajadas y no te lastimás, y no me lastimás. Conseguiste un reloj de arena que puede detener al mundo entero, y dos veces por día (que no sabemos lo que es) lo agitas con fuerza para hacerme el amor en medio de la nada. Aquí yo soy feliz; tomo vino dulce para acompañarte, si quiero. Soy feliz casi siempre; menos en esas noches donde te enredas en mi vientre y todo da vueltas… y yo sueño que nos mudamos a un país donde estamos cerca y no nos tocamos; donde llorás y yo te odio mientras te miro la espalda sin verte. Un país en donde me matás de miedo, porque no estás y me seguís dañando (las grietas sangran vinagre)… en donde me despierto queriendo gritar y no estás, pero yo sigo escribiendo palabras en tu nombre.
Se despertó rara. Abril preparó café y pensó en el sueño. Viró la mirada confundida (en el espejo sólo la cama revuelta), dos tazas en la mano, una huele a ron, y una niña que de pronto se pierde y se asusta. De repente, al fondo del pasillo un florero con tres crisantemos y el timbre que resuena en medio de la habitación.
- Somos lo que somos en todos lados- pensó Abril.