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miércoles, noviembre 28, 2007

Refugio

Las sábanas se le enredan en las piernas y las piernas se le anudan en lo onírico... casi que no puede despertar. Pero de entre las vigas plásticas de la persiana americana entra el sol y el día entero que está pasando ante sus ojos cerrados. Recuerda que él la despertó, como hace varios días, él un beso en la mejilla y ella un abrazo con la fuerza de un sueño invencible.


La sangre da un ciclo entero más de vida en su cuerpo y ella comprende que hay que salir al mundo.



Tan lejos de casa, corazón... tan lejos.



La ciudad se esmera por conquistarla. Le regala citas con whiskys on the rocks que nunca se vacían. El alcohol da un ciclo entero más de vida en su cuerpo y ella comprende que es feliz y ríe.



Tan en casa, corazón... tan en casa.



Frente al computador, pensando en decir tantas cosas que no salen. Y él que se le mete en todos los poros y da un ciclo de vida entero en su cuerpo y ella comprende que está justo donde tiene que estar. Y lo extraña. Y le teme. Comprende que no comprende mucho. Es feliz, y arruga el entrecejo.



Tan en mí misma, corazón... tan dentro de mí, que perdón si me quedo atada a tu refugio, entre las almohadas que acomodaste bajo mi cabeza ayer.



(Bogotá, Colombia)

domingo, octubre 22, 2006

Abril en el país de las Maravillas

Cada segundo que pasa se prolonga en el tiempo infinitas veces, aunque ni vos ni yo podamos tocarlo, rozar siquiera ese infinito, con algo más que el recordar. Quien pudiese constantemente ser espectador, del instante justo en el que te vi por primera vez, y verte otra vez, y otra, y una vez más... en un haz de varios "conocerte".

La noche anterior le trajo un ramo de crisantemos blancos. Los puso en el florero plateado del pasillo, como siempre.
Abril preparó café y pensó en el sueño. Algunas gotitas de ron para él, así le gusta (¿así le gusta?), viró la mirada confundida (en el espejo sólo la cama revuelta) hacia la almohada que había debajo de su cabeza; él respiraba como si tuviese en su sueño un cronómetro de maratonista.
Abril es Alicia y Alicia es Abril, Abril es miles de Abriles, en el fondo lo sabe bien. Él es miles de otros él, pero el mismo al que le gusta la gota de ron, los cuentos de Poe y meter la cabeza en el agua y ver que aguanta un minuto cuarenta y tres.
Deja la taza cerca de su nariz, camina hacia la maquina de escribir (nunca voy a permitir que tiren esta máquina).

Papel. Correteo de cinta. Línea. Mientras dormíamos nos mudamos al País de las Maravillas. El dedo índice en la tecla de punto, el punto que no llega nunca porque él resopla un sonido extraño que Abril conoce bien y que significa que debe dejar la máquina, abrir las primeras dos tiras de madera de la persiana, quitarse el pijama y volver a la cama. Mientras dormíamos nos mudamos al País de las Maravillas, le tiró al oído.

-¿Y somos felices acá?- le preguntó, acomodándose la espalda en la pared y tomando la taza con tres dedos.
- Somos felices en todos lados. - contestó ella
Inmediatamente sintió el frío en el pecho, la cama desierta, el florero vacío.
- ¿Qué pasa?- sacudiéndola despacito
- Acá somos felices.- La cara en blanco y un solo impulso que la mueve a la silla otra vez.


Abril prepara café sin azúcar. Se sienta frente a la máquina de escribir (nunca voy a permitir que tiren esta máquina). La cama está revuelta hace días y a Abril no le importa, porque su madre no ve el desorden. Escribe una historia sobre una mujer que vive a través de los espejos varias vidas, y hacia la mitad de la mañana aparece en todos los rincones de la mente y del suelo y del techo; aparece entremedio de las largas tiras de teclas de la maquina, en una taza amarilla que descansa sobre la alacena, un hombre que no está. All your life is hello-goodbye dice la canción en la radio y en medio de las sombras (la persiana está rota) Abril llora las heridas abiertas y avinagradas.

El dedo índice aprieta con fuerza el punto. Él termina el café, mira unos segundos a la mujer desnuda y vuelve a acostarse (luchar por celos con una maquina de escribir le parece ridículo). Aquí sos feliz. Podés manejar a tu antojo el silencio y el ruido; te la pasás riendo a carcajadas y no te lastimás, y no me lastimás. Conseguiste un reloj de arena que puede detener al mundo entero, y dos veces por día (que no sabemos lo que es) lo agitas con fuerza para hacerme el amor en medio de la nada. Aquí yo soy feliz; tomo vino dulce para acompañarte, si quiero. Soy feliz casi siempre; menos en esas noches donde te enredas en mi vientre y todo da vueltas… y yo sueño que nos mudamos a un país donde estamos cerca y no nos tocamos; donde llorás y yo te odio mientras te miro la espalda sin verte. Un país en donde me matás de miedo, porque no estás y me seguís dañando (las grietas sangran vinagre)… en donde me despierto queriendo gritar y no estás, pero yo sigo escribiendo palabras en tu nombre.

Se despertó rara. Abril preparó café y pensó en el sueño. Viró la mirada confundida (en el espejo sólo la cama revuelta), dos tazas en la mano, una huele a ron, y una niña que de pronto se pierde y se asusta. De repente, al fondo del pasillo un florero con tres crisantemos y el timbre que resuena en medio de la habitación.

- Somos lo que somos en todos lados- pensó Abril.

martes, mayo 09, 2006

Sueños



Los cuerpos, abrazados, van cambiando de posición mientras dormimos, mirando hacia aquí, mirando hacia allá, tu cabeza sobre mi pecho, el muslo mío sobre tu vientre, y al girar los cuerpos va girando la cama y giran el cuarto y el mundo. "No, no -me explicas, creyéndote despierta-. Ya no estamos ahí. Nos mudamos a otro país mientras dormíamos."

(préstamo de E. Galeano)

jueves, diciembre 01, 2005

Lucía

Lucía, en su juventud, lo miraba directo a la nuca. Cuatro segundos, cinco si había mucha humedad, y él se daba vuelta, correteo de ojos y otra vez: la cuidadísima indiferencia. Lucía no desistía y jamás bajaba la mirada (no era táctica, simplemente le gustaba mirarlo a la nuca). Sabía de memoria los centímetros que separaban la línea recta del prolijo corte de pelo con navaja hasta el lunar sobre el omóplato izquierdo. Cuando soñé con Lucía en su juventud, entendí por qué mucho tiempo después lograba calcular las tazas de harina “a ojo”.
Lucía no era una mujer hermosa. De hecho todavía no era una mujer-mujer. Hacía equilibrio con harta gracia entre una cosa y la otra. Llevaba el pelo cortado “desprolijamente” para la época (cosa que sólo hacían las chicas de edad) amarrado con una ancha cinta bebé en un pequeño moño. Tocaba a Schumann en el piano, y, cuando nadie estaba en casa, apretaba todas las teclas del piano juntas y reía. Usaba el famoso colorete en las mejillas y se comía las uñas en público. Un día se levantó, arrancó todo el papel tapiz lavanda de su habitación y dijo que “estaba grande”. Otro día soltó un lagrimón cuando su sobrina arrancó el ojo izquierdo de Hilaria, la muñeca de trapo. Ocultaba, como su madre, las anchas caderas bajo una falda almidonada. Lucía lucía escotes los domingos, en la plaza luego de la misa. Pero la niña no podía abandonar a sus rosados zapatitos de estilo ballet. La regla le venía exactamente cada 28 días, pero era incapaz de llegar a horario a ninguna cita. Así se debatía, Lucía, en la frontera del País de Nunca Jamás. Y el otro desconsiderado que entre miradas indiferentes la tironeaba, y la tironeaba al lado más gris. Peter Pan no podría haberla salvado con sus encantos pueriles.
No sé que habrá visto en él. Militar desde piruja hasta la médula, con esa cabecita rapadita a cero, y un vozarrón que espantaba a cualquier bestia subterránea. Sólo tenía a su favor dos cosas que le sirvieron para casarse con Lucía. Este hombre verdecito camuflado… regalaba flores. Como si eso fuera poco, tenía el margen de tolerancia (justo y exacto) de quince minutos de tardanza en una cita prefijada. Complejo de comprender, dada la cuadratura horaria de los combatientes, pero así era. Les confieso que Lucía me confesó hace tiempo que su marido le había confesado que de niño le hubiera gustado ser civil.
Finalmente, con tres besos en su haber, se casaron. Como no era de costumbre ni de esperar en esa época, se amaron toda la vida. Ella le puso un apodo (que desde chica siempre me sonó gracioso para ese tipo bigotudo y tieso) y de vez en cuando lo repetía en la soledad de su casa. Soledad… claro... Porque al año le encomendaron una misión patriótica y él fue a hacerse el San Martín por ahí.
Para ese momento el soldadito ya estaba loco de amor por aquella mujer, y en honor a esa locura le dijo (únicamente): -Antes de que sea después, vuelvo. Ella lo besó en la frente y lo dejó ir.
Cuatro años después, y con catorce besos, siete cartas recibidas, setenta y tres enviadas y una niña en su haber, Lucía lo recibió llorando. Él la abrazó sin decir nada y se hamacó en la mecedora con su hija en brazos, hasta quedarse dormido.
Lucía lo sacudió en la madrugada: -Hábleme. -No quiero hablar mujer, pero estoy con usted ahora.
Mi abuelo cerró otra vez los ojos esa noche, con la guerra impresa en los párpados…. Y en las pupilas (según mi sueño) los zapatitos de ballet de Lucía.
Sesenta y cuatro años más tarde mi abuela me dice en un sueño: El Ahora es un tren que sólo se ve partir. Ahora está siempre yéndose lejos.

martes, noviembre 01, 2005

Olivia

Tenía un nombre que, según algún libro milenario de la biblioteca de su abuelo, la condenaba a traerle paz al mundo. La pobre Olivia no sabía nada. Pocas décadas tenía en su haber, y una que venía pagando en cuotas, según me contó un día.
Olivia había vivido siempre en un mundo de esos bien divididos. Dividido en fronteras, regiones, en ciudades, barrios, en cuadras, edificios, departamentos, ambientes. Todos con sus respectivas puertas y ventanas (bisagras incluídas). Al llegar a su mayoría de edad, armó una valija y tres bolsos de mano y dijo adiós a sus separados padres, por separado.
Permaneció dentro de las mismas fronteras, unas cientos de cuadras más lejos de sus primeras décadas; y ese día exacto de abril pisó su nuevo y cómodo dos ambientes.
Varios días después, en horas no permitidas a señoritas de su casa, Olivia desarrollaba el occidental ritual de cortar tomates en concassé bajo la lustrosa vista de alguna bossanova, cuando algo, como en las películas, cambió su vida para siempre.
Por debajo de esa puerta que daba al pasillo, que llegaba a los ascensores que le permitían llegar a la planta baja desde donde podía salir del cúbiculo-edificio, alguien habia pasado un trozo de papel prolijamente escriturado. Tomó la nota que habia fotocopiado el administrador muy gentilmente, la leyó, y la dejó sobre la mesa. Algo perturbó a Olivia esa noche y en las siguientes noches en que, cuando menos se lo esperaba, algo atravesaba la hendija de su puerta de setenta y cuatro centímetros de largo. Había alguién en este mundo que un segundo , día por medio, tenía la trabajosa tarea de pasar notas a Olivia por debajo de la puerta e instantaneamente y sin el más mínimo sonido, desaparecer.
La semanas siguientes, Olivia no dormía. Se sentaba junto a la puerta y esperaba alguna nota. Esperaba... y en el instante justo en que su cabeza comenzaba a caer , la esquina de un papel se asomaba. Tal como si alguién estuviese aguardando su inevitable distracción. Olivia activaba todos sus músculos y giraba el picaporte con una destreza olímpica. Pero nadie ni nada habia allí... del otro lado, más que el oscuro y extenso pasillo. Y Olivia seguía sin dormir. En esas horas de largas estipulaciones había descubierto que cada papel olía a una mezcla de tabaco y crema de afeitar. A veces, cuando el sueño la hacía alucinar, creia verle la cara al señor de los pasillos.
Luego de 27 días , Olivia hizo un gesto simpático y se acostó a dormir. 3 días durmió exactamente, al cuarto día se levantó, tomó un destornillador y arrancó la puerta de aquel lugar en donde habia pasado los últimos veintilargos años. Vio a la señora del B subir con las compras de la semana, y al muchacho del D sacar a su perro a pasear.
Olivia preparó te, puso dos tazas sobre un artesanal mantel y se sentó sin esperar. Minutos después un hombre se acomodó junto a ella, sonrió y le dio las gracias.

miércoles, mayo 18, 2005

Urgencias

No pensaste que quizás ella necesita que le digas que la soñás antes de dormirte, que le beses los párpados sin avisar, o que te asomes detrás del libro que lee sin pedirle permiso. Y en cambio ni sabe que hadas duermen bajo tu almohada, desconoce si te duele el cruel metro de distancia que toman al hablar de poesía, o música o de locura. Mientras, hay duendes tironeándole las ropas, gritando algo sobre tu sonrisa y el movimiento relajado de tus manos al callar.
Y ella sueña despierta que te besa los párpados sin avisar.