Abril
Abril tenía puesto un vestido ámbar cuando conoció a Felipe. Desde entonces lo miraba siempre (siempre a los ojos).
En sus 16 Abriles completos Abril no había soltado más de un centenar de palabras en total. Ese día cruzó toda la feria con paso firme y cuando lo tuvo enfrente, se congeló de pánico. Sus pestañas se volvieron estalactitas.
Felipe terminó por alejarse, sin quitarle los ojos de encima hasta que ella, toda tiesa y fría, se volvió pequeñísima y se perdió de vista. Las muchachas del pueblo se murieron de risa de Abril muerta de Miedo.
Mas tarde, las palabras se derritieron (un poco distintas y desordenadas) en un diario:
En vano compadece el hombre a la luna, por creer que nunca pudo ver al sol. El sol le escapa, sí… pero nunca de espaldas. Porque la luna es la única que puede mirarlo a la cara: verle los ojos.



