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martes, septiembre 06, 2005

Garganta

Sin querer, y queriendo sin querer, lo estás aniquilando. Lo hundís con el dedo en tu whisky on the rocks, y si podés lo metés entre dos hielos ( la espada y la pared, diría un amigo). Después me decís (en realidad ya no nos decimos más nada, por designio de una suerte extraña y frívola) que no te encontrás. Cómo te vas a encontrar entre tantas figuras de cartón tamaño real de vos mismo. Encima dejás abiertas las ventanas, con el pleno invierno que vaga allá afuera... y vos desnudo entre papeles que hablan de un hombre almidonado y gris, y retorcido y cruel.
¿No te das cuenta de que temblás? ... No...
Al final, como un imbécil solitario, te preocupas por tus demonios, y el único monstruo capáz de comerte es esa coraza a la que le permististe encerrarte.
Al final, como dos imbéciles, nos abandonamos mutuamente en plena soledad. Y vos no sé que harás, yo grito en pasillos eternos buscando salir de la hoguera... y pienso de vez en cuando en vos.... casi siempre con odio, por que te estás devorando al tipo desnudo que sos... detrás de la armadura almidonada.

miércoles, mayo 18, 2005

Caleidoscopio

Te llega una versión distorcionada de mi. Un catalejo que se transforma en caleidoscopio.
Ves multiplicados mis demonios pero no ves que así también, construís una lista interminable de diferentes maneras de mirarte y de ojos que te miran.
Entonces a mi, también me llega una visión distorcionada de vos. Sólo que mirándote de esta manera extraña, quizás intento ahuyentar tus tantos demonios multiplicados.

lunes, abril 18, 2005

Monstruos


Y al final, todo resultaría bien, si utilizaces mis manos como credo, y el hueco de mi vientre cual cobija, cuando tus monstruos llaman a la puerta... porque seguramente los míos les siguen detrás

jueves, noviembre 18, 2004

Crónica de un niño que canta

Él es sólo un niño en la ciudad. Tan huérfano de paz que parece casi un hombre de ciudad. Ahí va: sus zapatillas nuevas, un frío metal amenazando su párpado izquierdo, la mochila al hombro. Hay tanto por cargar, y algún que otro secreto por defender en el húmedo cajón.
Las luces de Corrientes imitan miles de arco iris desordenados. Escenarios, gente que es… y no es, y aquellas manadas de pies interminables que humillan a los pardos espejos del pavimento. Ahí está: su rostro en la multitud de aplausos, que lo cortan, lo esconden, lo vuelven invisible. Desaparecer… no, puede que escapar, a veces… Pero él piensa en su nueva melodía (aquella que espera en el cajón húmedo, también como un secreto que lucha contra las bestias cotidianas). Y entonces, un poco escapa, imagina el choque de manos y esos miles de ojos tornándose hacia él. El niño en el escenario, siendo… y no siendo. El hombre de ciudad que se desespera por no ser.
Los murmullos de los monstruos que caminan en las calles de la urbe, parecen un solo grito al unísono. Casi sin darse cuenta, acelera el paso que lo acerca a su morada. Esta noche, otro tiró los dados.
Lo esperan su canción, sus libros, la foto del lugar al que hay que ir al abrir la puerta. Lo aguardan Paul, sus vasijas en la pared, la cama que invita a todo menos dormir (pero se conforma con cansancio). La burbuja en la cual puede ser osado y sentirse libre.
Una mirada tan sabia, una historia tan falta de una libertad tangible. Y la mochila por cargar, cuando se despierte y otro día le clave el arpón de tener que sobrevivir en un Buenos Aires que lastima. Entonces, se despierta cantando y el hombre… resulta ser niño otra
vez.