sábado, julio 01, 2006

Inés

Inés había consultado médicos, manosantas, brujas, herboristerías, tarotistas, religiosos ortodoxos y revolucionarios. Nada. No había caso. Nadie sabía por qué.
Cuando la abuela materna de su tío político visitó el país y la vio, le dijo:

- lo que a vos te pasa, querida... es que no podés mentir... no te dejás... no te dejás...

El tío le explicó que la abuela había leído mucha literatura policial alemana y que le gustaba hablar con enigmas y puntos suspensivos. Inés ni lo escuchó; no lo sabía bien todavía pero había entendido todo.

Él la miraba cruzado, como tratando de develar un misterio milenario y ella de repente se tapaba el antebrazo, el canto interno del dedo índice, la pantorrilla derecha. Él le hablaba del Surrealismo de Lam y ella se desangraba por dentro pensando que había uno naciéndole en el ombligo, y otro dándose vida bajo el codo izquierdo. Los sentía brotar en la piel, pequeñas lunas negras. Cada vez que ella se guardaba un beso, era peor. Un día se lo dijo:

- cuando me das un beso en silencio, me broto toda.
Él se río de la metáfora graciosamente. Inés lo sabía ahora... le crecían verdades.

Estaban desnudos en una oscuridad desnuda y cuando él la abrazó Inés le pasó su mano blanca por la espalda. Instantánea y torpemente constelaciones de lunares se acomodaron entre sus dedos. Ella tembló y lloró como nunca: bajito y pequeño para que él no se asuste. Inés se quebró de miedo esa tarde y por la mañana era la mujer más valiente que conocí.

El día que, meses después, él le pedía perdón en el bar de Medrano, Inés desprendía sonrisas a cada rato.

- ¿Sabés cuál es tu problema?- le soltó finalmente

Él escribió en su mente la cantidad de veces que esa pregunta había cruzado el cine. Dibujó un "no" tímido y muerto de miedo con la cabeza.

- Qué cargás con ellos y ni siquiera sentís su peso.
- ¿Cargo con qué?
- ¿No los ves?
- Inés, ¿De qué hablas?
- A vos... los amores y las verdades... te brotan en la espalda.