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sábado, septiembre 15, 2007

Sin Título


Quiero meter mis manos entre estas líneas y q ue aparezcan en tu pelo negro.
¿Por qué no me llevé tu labio inferior de souvenir? PORQUE NO QUIERO SOUVENIRES. Apenas lograba evocar tu perfume y zas! Leyes de uniforme te arrancan de la vía. Quizas no tenga que ver con vos, sino con el enojo, la rabia, la impotencia, frente a los dedos miserables que le dan cuerda a mi reloj.
Joaquín tenía razón.


(San Agustín, Colombia)

lunes, mayo 28, 2007

Virtualidades Eternas

Te convidé mi cielo a cuatro mil metros de altura.
Te traje a este mar que cabe en nuestro ascensor.
"¿Será que nunca voy a elevar anclas de vos?"
Pregunté a la arena (a cuatro mil kilómetros de vos)

Mis pies se hunden en el Pacífico Sur:
y un Río de Plata en mi hemisferio derecho.

Este castillo que te hice
(que me hice)
para que me gustes;
Y un amor virtual de problemas reales:
personas con carne,
historia,
huesos,
pasiones,
querencias.

Ausencias y presencias:
presencias ausentes,
Ausencias presentes
¿Donde estamos?
¿Estamos?

¿Cuando vas a dejar de pensar en esa nena blanca sobre el disco compacto?
¿Cuando te vas a preocupar por la chica idiota que piensa que te quiere?
¿Y qué si al final es mi odio en estado casi puro?
¿Y qué si al final te supero?

Al menos nos queda un a-los-ojos
(basta de emoticones con paréntesis)
como mínimo te creeré más valiente que hoy.

Quizás gire la rueda así,
una vez más gire.
Y todo empiece de nuevo
(o de viejo).

¡Digamos la verdad YA!
Fuimos dos desconocidos
juagando al romanticismo
de TV blanco y negro;
en un siglo de luces,
pastillas,
familias disfuncionales,
psicoanálisis para zafar.

Tomá mi mano.
Soltame.
Quereme.
Dejame en paz.
O no;
mejor no me hagas caso.
No sigas al pie de la letra mis mapas de mi.
Tomá un atajo.
Sosprendeme.
¡Sorprendeme!

Hay cosas que yo
no puedo hacer que vos
hagas por mi.
Perdonáteme.


(Montañita, Ecuador)

Matate I


Es tan grave que haya sido una estupidez tan sublime y tan evitable; una tontería que al borde de hacerme reir, logra entristecerme y darme ganas de salir a matar estúpidos por ahí (adiviná el primero en la lista).



(Montañita, Ecuador)

Matate II


No quiero escribir más sobre odios
y sobre amores difíciles,
perdones, estupideces y pestes contradictorias.
Quiero escribir cursilerías
de te quieros o paisajes marítimos.
O no quiero escribir mas.
Quiero poder parar un taxi
e irte a buscar a vos
o a cualquiera
para perdernos con la inocencia
del primer día.



(Montañita, Ecuador)

Matate III


Me enoja que me hayas hecho volver a pensar y re-pensar, que me hayas extraditado de mi breve exilio del Imperio de la Cabeza.


(Montañita, Ecuador)

Matate IV

Me aburre esta solemnidad
victimaria
y victimista,
de telenovela venezolana
de los noventa,
barata y predecible,
tan cansina
y sin piel.


(Montañita, Ecuador)

Matate V


A veces me importan un carajo

tus metas grandes
de tocar como Satriani,
de rehabilitar tu nariz,
de entender a Carpentier,
o de poder abrazar a tus tuyos tan ajenos.
Quiero simplemente que te limites
a decirme
que sos un idiota,
que te arrepentís
y a conseguir pintura mágica
para tapar
tus puñales imbéciles
en mi pared.



(Montañita, Ecuador)

Matate VI

No sé si te quiero,
quizás te quiero querer
o al menos tener
la posibilidad
de llegar a quererte,
como pensaba la primera vez
que me llamaste princesa.


(Montañita, Ecuador)

Matate VII


Alimento mi enamoramiento eterno

hacia un hombre finito
miserable
hermoso
desconocido
como todo.
Tan breve que exige que lo alargue,
un hombre
con límites
con espacios fuera de mí.
Lo amamanto,
le doy de comer lo más íntimo de mi ser
a un extraño
que tengo medido en lo más íntimo de sí mismo,
y que no sé donde poner.
A dormir, por lo menos.


(Montañita, Ecuador)

martes, septiembre 06, 2005

Retractarse

Mentira. Mentiras. No pienso sólo en vos... ni primero.
Primero pienso en mí, por haber pensado último. En mí devorada, otra vez, por una figura de cartón que nos sos vos ni nadie... ni nada.
Nada. Nunca. Nadas.
Pienso en mi, sí. En mí antes y después. En mi cuerpo que es virtual, y no. En mi espíritu, que no suelta amarras, pero se va con vos, o con el que sigue o con el que pasó. Que viveza la mía. Que viveza la tuya. Que estupidez la nuestra. Vos quisiste entrar para escaparte, y yo me escapé para entrar. Y juntos nada. Nunca. Nadas. Ni Todavía ni Ya. Porque hasta mi nube es mía, y la tuya es tuya. Ya sé que ni lo pensaste. Ya sé que a vos no te importa. Pero no pienso en vos por vos. Pienso en vos por mí, para no estar triste. Y lo estoy. Sin embargo lo estoy. No dejo de ponerte, así sea en el vacío.

martes, agosto 02, 2005

Ultima Hoja

Le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. No como promesa romántica y estúpidamente inverosímil de amante. Hubiese dormido sólo las ocho horas mínimas que aconsejan los expertos en insalubridad o los inexpertos en salud… no me acuerdo bah!. ¿Si me ha afectado parte de la memoria? Si posiblemente. Pero hay cosas que no olvido, aunque anhelase.
Bueno, estábamos en que hubiese dado la vida por usted, realmente. Quizás eso no hubiera sido tan malo, porque usted sería mía (no mía como posesión irreal de enamorado) y yo hace ya tiempo que soy suyo (su posesión real… si me ama oh! mucho mejor). Pasaría mi eternidad escribiendo… escribiéndola.
Se cruzan preguntas y preguntas. Que cómo iba yo a imaginar. Que cómo se le ocurre al orden de las cosas perder su regularidad justo ahora, y con cosa tan seria. Que cómo no pensé bien antes de escribir que usted me enamoraba. Tonto de mí, escribí que usted me enamoraba. Todo estaba bien si usted no me cautivaba, porque mientras yo no la amaba nadie lo haría ¿entiende? No habría sido nunca creada para hechizar al hombre. Habría sido mi compañera, y si nos ponemos a respetar al todopoderoso, habría sido mi ángel. Pero, a mi se me ocurre escribir que usted me enamoraba. Y ahora tengo que explicarle.
Es que yo nunca pienso lo que escribo. Cuando uno lleva años de escritor aficionado ya no piensa lo que escribe. Pero yo tengo que explicarle, pero cómo. Usted comprenda, era tarde para ir a buscar a María, ella ya había viajado hacía meses a Madrid. Ya no había material femenino que admirar en casa. Está bien que a la planta le ponga nombre de mujer, pero no era material, no era, no había por ningún rincón ya. Ni siquiera había dejado una camisa la muy desconsiderada. Diga que no me gusta echar culpas sino, ella sería tan responsable como yo. Qué tiempos de desconsuelo… si usted hubiese estado antes…. Pero no.
Y vio como es esto de la soledad. Uno construye puentes inimaginables. Esa noche empecé a escribir, entonces… cómo explicarle. Es mejor así lo sé, y usted ya no merece mi compasión a esta altura, lo sé también. La cuestión es que yo la escribí. Si, eso. Mucho antes de que usted se despertase del desmayo en aquella calle, yo la había conocido cuando la escribí. No había sido exactamente así el encuentro, es verdad (acá es en donde sospecho que el otro, ese que está con usted ahora, metió mano también en la historia).
Yo iba caminando por Mendoza triste, y bueno… la señorita de ojos azules del mercado (si, usted, la misma) se desmayaba y yo corría en su auxilio. Luego los detalles varían pero la historia ya la conoce.
No, mi querida, no existe tal amnesia, usted apareció en este mundo por cruce de pluma y papel. Para ese entonces yo ya había escrito parte de la que era nuestra historia en el papel. Justo en el momento en el que usted rompía la maceta con la planta de nombre femenino, tinta que se acaba y son las tres de la mañana y cómo iba yo a imaginar que era esa mañana la que usted rompía la maceta en nuestra historia de carne y hueso.
Allí comenzó el problema, y ya sé que la tuve un poco descuidada. Pero era el sueño, juro que no eran malas intenciones. Cinco días de escribir sin descanso para que usted me omita tantas páginas y otra vez se me quedaba quieta en la cama… cada día más pálida. Entonces yo tenía que escribir con más cautela, pero con apuro, pero con cautela, pero con más ingenio (ahí es donde creo que al otro que metía mano no le gustaba cuando yo la cuidaba en el papel, y entonces usted no se me despertaba en la vida).
Allí se me ocurre escribir que usted me enamoraba. Porque en el papel usted me enloquecía. Gritaba yo en las noches cuando usted se quedaba trabajando en la florería. Gritaba en el papel. El otro maldito aprovechó mi debilidad, mi descuido, para engatusarla. Y usted se me deja. Usted se me deja cómo si su dueño, su creador, fuese él.
Pero no. Yo le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. Yo lo hubiese hecho porque sabía y se hoy que escribo esto, que soy el único que la mantiene con vida.
Bah! El otro ese es un cerdo que se está divirtiendo por casualidad. Como el que engancha una conversación telefónica en una línea pinchada. El otro se divierte y mete mano, modifica, pero no determina.
¿Cómo se me va a ocurrir a mí escribir que usted me enloquecía? Ahora hay herida de soledad otra vez, y otra vez los puentes, otra vez la pluma. Pero la pluma esta vez asesina. Creando todavía, ya no crea vida, crea muerte.
Es que usted lo enamoró a él también, cuando yo ya estaba enloquecido. Cuando yo no vivía porque usted estaba pálida en mi cama, y en mi cama del papel usted estaba viva, gritaba, florecía.
Perdóneme, yo que la amo, pero… pero usted dormirá allí y yo… bueno yo compraré otra pluma y tiraré la maceta nueva y su camisa del armario que huele tan rico. Entonces la soledad, y quizás esta vez nadie que meta mano… otra mujer. Si, otra mujer, pero esta no me va a enamorar, no. Perdóneme, pero es mejor así…Igual tiene que saberlo.
Hoy mientras él esté distraído amándola en lo real, y usted esté creyendo que termina de leer la carta de su abandonado amor, va a volver a este papel, para dormir por siempre (de esos siempre de verdad) pálida en mi punto final.