Circulantes
Juan comenzó a escribir, sin motivos aparentes, sentado como indio sobre la cama, en esa ciudad perdida del Ecuador. Escribió después:
" Los pájaros dorados que llevan los hijos a los dioses del mar no tienen ojos. Cuando oyen el silbido que emanan los reyes de las profundidades, realizan cuidadosamente la entrega. Su llamado, su silbido, se perdió en el aire y no hubo más remedio que dejarla en la orilla, así me contó un entendido, sin que ella lo descubriese jamás. De a ratos yo lograba verle las pocas escamas que le quedaban; sobre todo en las noches de miedo y ventisca, donde el mar se agita como una fiera desbocada. Ahora estaba dormida. los ojos azules le atravesaban los párpados cerrados y yo sentía que aún dormitando, me veía. Sentía que en cualquier momento se despertaría y me soltaría:
- ¿Qué estás escribiendo?
Y yo la miraría cruzado, anonadado y comenzaría a leer. Este sería el motivo de tanta inspiración repentina; será que las musas son reales cuando vienen del mar, como ninfas incurables. Ella es mi musa triste. "
Amanda se despertó y lo vio desde su realidad horizontal. Le lanzó una sonrisa fugaz, y una pregunta que lo invitaba a leer en voz alta su reciente producción. El cruzó la habitación con una mirada amplia y oblicua. Comenzó a leer:
"Los caminos son siempre circulares; en espiral y hacia arriba...
Juan comenzó a escribir, sin motivos aparentes, sentado..."
(Monpiche, Ecuador)

