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miércoles, noviembre 28, 2007

Refugio

Las sábanas se le enredan en las piernas y las piernas se le anudan en lo onírico... casi que no puede despertar. Pero de entre las vigas plásticas de la persiana americana entra el sol y el día entero que está pasando ante sus ojos cerrados. Recuerda que él la despertó, como hace varios días, él un beso en la mejilla y ella un abrazo con la fuerza de un sueño invencible.


La sangre da un ciclo entero más de vida en su cuerpo y ella comprende que hay que salir al mundo.



Tan lejos de casa, corazón... tan lejos.



La ciudad se esmera por conquistarla. Le regala citas con whiskys on the rocks que nunca se vacían. El alcohol da un ciclo entero más de vida en su cuerpo y ella comprende que es feliz y ríe.



Tan en casa, corazón... tan en casa.



Frente al computador, pensando en decir tantas cosas que no salen. Y él que se le mete en todos los poros y da un ciclo de vida entero en su cuerpo y ella comprende que está justo donde tiene que estar. Y lo extraña. Y le teme. Comprende que no comprende mucho. Es feliz, y arruga el entrecejo.



Tan en mí misma, corazón... tan dentro de mí, que perdón si me quedo atada a tu refugio, entre las almohadas que acomodaste bajo mi cabeza ayer.



(Bogotá, Colombia)

sábado, julio 01, 2006

Inés

Inés había consultado médicos, manosantas, brujas, herboristerías, tarotistas, religiosos ortodoxos y revolucionarios. Nada. No había caso. Nadie sabía por qué.
Cuando la abuela materna de su tío político visitó el país y la vio, le dijo:

- lo que a vos te pasa, querida... es que no podés mentir... no te dejás... no te dejás...

El tío le explicó que la abuela había leído mucha literatura policial alemana y que le gustaba hablar con enigmas y puntos suspensivos. Inés ni lo escuchó; no lo sabía bien todavía pero había entendido todo.

Él la miraba cruzado, como tratando de develar un misterio milenario y ella de repente se tapaba el antebrazo, el canto interno del dedo índice, la pantorrilla derecha. Él le hablaba del Surrealismo de Lam y ella se desangraba por dentro pensando que había uno naciéndole en el ombligo, y otro dándose vida bajo el codo izquierdo. Los sentía brotar en la piel, pequeñas lunas negras. Cada vez que ella se guardaba un beso, era peor. Un día se lo dijo:

- cuando me das un beso en silencio, me broto toda.
Él se río de la metáfora graciosamente. Inés lo sabía ahora... le crecían verdades.

Estaban desnudos en una oscuridad desnuda y cuando él la abrazó Inés le pasó su mano blanca por la espalda. Instantánea y torpemente constelaciones de lunares se acomodaron entre sus dedos. Ella tembló y lloró como nunca: bajito y pequeño para que él no se asuste. Inés se quebró de miedo esa tarde y por la mañana era la mujer más valiente que conocí.

El día que, meses después, él le pedía perdón en el bar de Medrano, Inés desprendía sonrisas a cada rato.

- ¿Sabés cuál es tu problema?- le soltó finalmente

Él escribió en su mente la cantidad de veces que esa pregunta había cruzado el cine. Dibujó un "no" tímido y muerto de miedo con la cabeza.

- Qué cargás con ellos y ni siquiera sentís su peso.
- ¿Cargo con qué?
- ¿No los ves?
- Inés, ¿De qué hablas?
- A vos... los amores y las verdades... te brotan en la espalda.

martes, mayo 09, 2006

Sueños



Los cuerpos, abrazados, van cambiando de posición mientras dormimos, mirando hacia aquí, mirando hacia allá, tu cabeza sobre mi pecho, el muslo mío sobre tu vientre, y al girar los cuerpos va girando la cama y giran el cuarto y el mundo. "No, no -me explicas, creyéndote despierta-. Ya no estamos ahí. Nos mudamos a otro país mientras dormíamos."

(préstamo de E. Galeano)

lunes, agosto 01, 2005

Adentro

Adentro... y esta manía de agarrarse el pecho, este simbolismo de manos superpuestas sobre un corazón que es un puño poéticamente trillado. Y digo adentro... como si fuese verdad esa metáfora de corazones que se rompen como cristales de invierno. Como si alguna vez a alguien le hubiesen vaciado realmente el pecho de contenido. Como si fuese real que sin alguien a otro alguien le faltó alguna vez el aire de los pulmones. Y al final si es sólo sangre, músculo, aire, impulso y hueso, ¿por qué sigo diciendo adentro? ¿Por qué duele sin doler, y adentro? ¿Por qué no duele afuera donde se puede emparchar? ¿Por qué este dolor que es cosquilla, presencia, memoria? Adentro sin haber entrado ni poder salir. Como si su gestación, crecimiento, mutación e inmortalidad viviesen sólo en un mundo de adentros. Adentro de mí, de mi piel, de mi pecho, de mis huesos, de mi corazón, de mi sangre.
Adentro de la cajita en donde te guardo junto a la cara triste de los días de bossa y lluvia , a la lágrima de despedida de estación de tren agolpada en la garganta, y a los labios temblorosos de película drámática que acaba de terminar... Adentro envolviéndolo todo, y tan sólo eso... y quizás nada hoy, que yo estoy más afuera que dentro de mí.