martes, agosto 02, 2005

Ultima Hoja

Le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. No como promesa romántica y estúpidamente inverosímil de amante. Hubiese dormido sólo las ocho horas mínimas que aconsejan los expertos en insalubridad o los inexpertos en salud… no me acuerdo bah!. ¿Si me ha afectado parte de la memoria? Si posiblemente. Pero hay cosas que no olvido, aunque anhelase.
Bueno, estábamos en que hubiese dado la vida por usted, realmente. Quizás eso no hubiera sido tan malo, porque usted sería mía (no mía como posesión irreal de enamorado) y yo hace ya tiempo que soy suyo (su posesión real… si me ama oh! mucho mejor). Pasaría mi eternidad escribiendo… escribiéndola.
Se cruzan preguntas y preguntas. Que cómo iba yo a imaginar. Que cómo se le ocurre al orden de las cosas perder su regularidad justo ahora, y con cosa tan seria. Que cómo no pensé bien antes de escribir que usted me enamoraba. Tonto de mí, escribí que usted me enamoraba. Todo estaba bien si usted no me cautivaba, porque mientras yo no la amaba nadie lo haría ¿entiende? No habría sido nunca creada para hechizar al hombre. Habría sido mi compañera, y si nos ponemos a respetar al todopoderoso, habría sido mi ángel. Pero, a mi se me ocurre escribir que usted me enamoraba. Y ahora tengo que explicarle.
Es que yo nunca pienso lo que escribo. Cuando uno lleva años de escritor aficionado ya no piensa lo que escribe. Pero yo tengo que explicarle, pero cómo. Usted comprenda, era tarde para ir a buscar a María, ella ya había viajado hacía meses a Madrid. Ya no había material femenino que admirar en casa. Está bien que a la planta le ponga nombre de mujer, pero no era material, no era, no había por ningún rincón ya. Ni siquiera había dejado una camisa la muy desconsiderada. Diga que no me gusta echar culpas sino, ella sería tan responsable como yo. Qué tiempos de desconsuelo… si usted hubiese estado antes…. Pero no.
Y vio como es esto de la soledad. Uno construye puentes inimaginables. Esa noche empecé a escribir, entonces… cómo explicarle. Es mejor así lo sé, y usted ya no merece mi compasión a esta altura, lo sé también. La cuestión es que yo la escribí. Si, eso. Mucho antes de que usted se despertase del desmayo en aquella calle, yo la había conocido cuando la escribí. No había sido exactamente así el encuentro, es verdad (acá es en donde sospecho que el otro, ese que está con usted ahora, metió mano también en la historia).
Yo iba caminando por Mendoza triste, y bueno… la señorita de ojos azules del mercado (si, usted, la misma) se desmayaba y yo corría en su auxilio. Luego los detalles varían pero la historia ya la conoce.
No, mi querida, no existe tal amnesia, usted apareció en este mundo por cruce de pluma y papel. Para ese entonces yo ya había escrito parte de la que era nuestra historia en el papel. Justo en el momento en el que usted rompía la maceta con la planta de nombre femenino, tinta que se acaba y son las tres de la mañana y cómo iba yo a imaginar que era esa mañana la que usted rompía la maceta en nuestra historia de carne y hueso.
Allí comenzó el problema, y ya sé que la tuve un poco descuidada. Pero era el sueño, juro que no eran malas intenciones. Cinco días de escribir sin descanso para que usted me omita tantas páginas y otra vez se me quedaba quieta en la cama… cada día más pálida. Entonces yo tenía que escribir con más cautela, pero con apuro, pero con cautela, pero con más ingenio (ahí es donde creo que al otro que metía mano no le gustaba cuando yo la cuidaba en el papel, y entonces usted no se me despertaba en la vida).
Allí se me ocurre escribir que usted me enamoraba. Porque en el papel usted me enloquecía. Gritaba yo en las noches cuando usted se quedaba trabajando en la florería. Gritaba en el papel. El otro maldito aprovechó mi debilidad, mi descuido, para engatusarla. Y usted se me deja. Usted se me deja cómo si su dueño, su creador, fuese él.
Pero no. Yo le hubiese concedido cada minuto de mi vida en la vigilia. Yo lo hubiese hecho porque sabía y se hoy que escribo esto, que soy el único que la mantiene con vida.
Bah! El otro ese es un cerdo que se está divirtiendo por casualidad. Como el que engancha una conversación telefónica en una línea pinchada. El otro se divierte y mete mano, modifica, pero no determina.
¿Cómo se me va a ocurrir a mí escribir que usted me enloquecía? Ahora hay herida de soledad otra vez, y otra vez los puentes, otra vez la pluma. Pero la pluma esta vez asesina. Creando todavía, ya no crea vida, crea muerte.
Es que usted lo enamoró a él también, cuando yo ya estaba enloquecido. Cuando yo no vivía porque usted estaba pálida en mi cama, y en mi cama del papel usted estaba viva, gritaba, florecía.
Perdóneme, yo que la amo, pero… pero usted dormirá allí y yo… bueno yo compraré otra pluma y tiraré la maceta nueva y su camisa del armario que huele tan rico. Entonces la soledad, y quizás esta vez nadie que meta mano… otra mujer. Si, otra mujer, pero esta no me va a enamorar, no. Perdóneme, pero es mejor así…Igual tiene que saberlo.
Hoy mientras él esté distraído amándola en lo real, y usted esté creyendo que termina de leer la carta de su abandonado amor, va a volver a este papel, para dormir por siempre (de esos siempre de verdad) pálida en mi punto final.

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