Olivia
Tenía un nombre que, según algún libro milenario de la biblioteca de su abuelo, la condenaba a traerle paz al mundo. La pobre Olivia no sabía nada. Pocas décadas tenía en su haber, y una que venía pagando en cuotas, según me contó un día.
Olivia había vivido siempre en un mundo de esos bien divididos. Dividido en fronteras, regiones, en ciudades, barrios, en cuadras, edificios, departamentos, ambientes. Todos con sus respectivas puertas y ventanas (bisagras incluídas). Al llegar a su mayoría de edad, armó una valija y tres bolsos de mano y dijo adiós a sus separados padres, por separado.
Permaneció dentro de las mismas fronteras, unas cientos de cuadras más lejos de sus primeras décadas; y ese día exacto de abril pisó su nuevo y cómodo dos ambientes.
Varios días después, en horas no permitidas a señoritas de su casa, Olivia desarrollaba el occidental ritual de cortar tomates en concassé bajo la lustrosa vista de alguna bossanova, cuando algo, como en las películas, cambió su vida para siempre.
Por debajo de esa puerta que daba al pasillo, que llegaba a los ascensores que le permitían llegar a la planta baja desde donde podía salir del cúbiculo-edificio, alguien habia pasado un trozo de papel prolijamente escriturado. Tomó la nota que habia fotocopiado el administrador muy gentilmente, la leyó, y la dejó sobre la mesa. Algo perturbó a Olivia esa noche y en las siguientes noches en que, cuando menos se lo esperaba, algo atravesaba la hendija de su puerta de setenta y cuatro centímetros de largo. Había alguién en este mundo que un segundo , día por medio, tenía la trabajosa tarea de pasar notas a Olivia por debajo de la puerta e instantaneamente y sin el más mínimo sonido, desaparecer.
La semanas siguientes, Olivia no dormía. Se sentaba junto a la puerta y esperaba alguna nota. Esperaba... y en el instante justo en que su cabeza comenzaba a caer , la esquina de un papel se asomaba. Tal como si alguién estuviese aguardando su inevitable distracción. Olivia activaba todos sus músculos y giraba el picaporte con una destreza olímpica. Pero nadie ni nada habia allí... del otro lado, más que el oscuro y extenso pasillo. Y Olivia seguía sin dormir. En esas horas de largas estipulaciones había descubierto que cada papel olía a una mezcla de tabaco y crema de afeitar. A veces, cuando el sueño la hacía alucinar, creia verle la cara al señor de los pasillos.
Luego de 27 días , Olivia hizo un gesto simpático y se acostó a dormir. 3 días durmió exactamente, al cuarto día se levantó, tomó un destornillador y arrancó la puerta de aquel lugar en donde habia pasado los últimos veintilargos años. Vio a la señora del B subir con las compras de la semana, y al muchacho del D sacar a su perro a pasear.
Olivia preparó te, puso dos tazas sobre un artesanal mantel y se sentó sin esperar. Minutos después un hombre se acomodó junto a ella, sonrió y le dio las gracias.

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