domingo, octubre 22, 2006

Caída Libre a tus ojos

Lo mejor de trabajar en la Galería era que Santiago la miraba desde el puesto de flores. Había intentado acomodar los veintitrés espejos de la vidriera de mil maneras pero él se las ingeniaba para aparecer en algún haz de luz e intimidarla con esa mirada que la partía en cien y la desfiguraba. A veces tenía la sospecha de que en aquellos lugares de su cuerpo que ella no llegaba a ver se le formaban cicatrices de las cruentas batallas que libraban, siempre mirándose entre reflejos y gardenias.
Nunca olvidaría el día que dio vuelta en la esquina esa del supermercado de Yi- Chang y lo vio entrar en su casa. Su casa. Ana había quebrado un puente muchas veces infranqueable: sabía donde vivía. Luego de eso se volvió una maestra del disfraz, y se paró unas cuantas veces a observarlo entrar a su casa (o salir del mundo, en su defecto).
Tampoco podría olvidar el día que ella limpiaba la vidriera (del lado de afuera) y él le clavaba los arpones en la espalda, y las pantorrillas, y otras cosas que le dio pudor imaginar. No lo olvidaría porque ese día fue el del muchacho y “¿Santiago?” y luego los "no lo puedo creer", "tanto tiempo", y luego el "desde sexto grado", "cómo me reconociste", "la vieja está bien… se compró un chalecito en Bella Vista".
Santiago. Lo escribió por todos los lados que pudo. Santiago. Después borró cada uno de los nombres. Santiago.
Hacía una semana que había visto el cartel y Ana ya no tenía más uñas que comerse. “Cerrado por duelo”. Ana miraba el cartelito blanco horas, como si así pudiese encontrar alguna otra pista, algún dato que indicase el regreso. Al día siguiente se paró con un sobretodo marrón frente a la casa. Nada. Compró cigarrillos en el Supermercado de la esquina. El señor cajero le contó, sin hacer distinción entre la R y la L, que era la octava vez en el mes que lo asaltaban. Ana atinó a un “lo importante es que no lastimaron a nadie”, y luego se fumó diez cigarrillos en media hora. Ana no fumaba en realidad. Cuando emprendió la vuelta, guardó el paquete medio lleno/medio vacío en la cartera y ahí quedó por meses.
Ya en casa, hizo alguna pavada para comer y hacia la nochecita salió al patio a “tomar el aire”. Estaba acostada en el piso, mirando las escasas estrellas que todavía se compadecen de los ciudadanos de Buenos Aires, cuando advirtió una ventanita, chiquitita, en la medianera. Alguien la abrió, un hombre más precisamente, asomó su diminuta cabeza y le sonrió.

- Linda noche, ¿no? - preguntó el extraño.
- Si, es una de esas en que el aire está revuelto.- contestó Ana, disimulando la extrañeza.
- Esas son las favoritas de mi hermano.
- A mi tamb….
- (susurrando) Debo irme, si me ve hablando con una mujer, me mata.- dijo cerrando la ventana.
Así sucedió otras veces, mientras Ana regaba las plantas del patio, él le contaba historias traídas de la India o le pasaba las recetas de cocina de su abuela. Ana le contaba cómo se podía vender un espejo de mala calidad sólo con ponerle un buen marco de madera, le relataba episodios de las novelas de los ’50 y le hablaba de Santiago, de su desesperación y más tarde de su desesperanza. Luego aparecía ella (aunque Ana no la veía, la imaginaba… ahí detrás cruzando la puerta preguntándole “¿Qué hacés en la ventana?”) y él se apresuraba a cerrarla (“Tomaba aire”).
Un día, mientras repintaba las macetas, se decía a si misma que si Santiago volvía a la Galería le iba a comprar un cactus.

- No tengo cactus… dicen que es bueno tener un cactus, trae buenos augurios- le inventó al señorcito de la ventana.
- ¿Probaste tocándole la puerta?
- Me muero de vergüenza… ¿que hago cuando me abra?... Ni loca…
- Para cuando te vea no vas a tener que hacer nada…
Ana lo disimuló pero estaba enojada. El de la ventanita había abierto una posibilidad que la aterraba, que implicaba hacer algo más que analizar casi científicamente el cartelito. Luego se le ocurrió “Te vi entrar aquí… pensé… que podías ayudarme con una planta que me regaló mi hermana y que..."
Decidió preguntarle al hombre de arriba qué opinaba. Estuvo varios días sin aparecer, hasta que al fin (ella de espaldas) le soltó: tenés que ir hoy y encerrarte ahí con él. Giró el torso y vio la ventanita tapada con maderas viejas y clavos oxidados. Ana se llevó la mano a la boca.

Tocó la puerta dos veces (tres le pareció un exceso). Nada. Volvió a tocar, uno y medio y alguien que la toma del hombro y la invita a pasar. Jamás hablaron de la planta de la hermana, ni de cómo mentir no era el fuerte de Ana.

- Voy a comprar cigarrillos- le dijo él mientras se ponía las medias- me gusta fumar en la ventana en estas noches de aire enrevesado.
- Ana lo tomó del brazo sin saber por qué y no supo qué decirle tampoco.
- No tardo, es acá en la esquina
- (sin pestañear) Tengo unos en la cartera.

Santiago le dio un beso en la sien y le sopló alguna frase graciosa sobre su estado de alerta.
A los diez minutos escucharon los disparos. Luego los gritos en un idioma incomprensible para aquella zona. Cuando se escucharon las sirenas y ellos bajaron a ver qué había pasado, tres hombres, dos encapuchados, se hallaban tirados en el piso, camuflados en sangre. La mujer sostenía a su marido en brazos y profería maldiciones orientales al viento espeso y seco de la madrugada.

Santiago estaba entumecido de pies a cabeza. Las ancianas de la cuadra se amontonaron junto a los cuerpos y la manada de policías, y enunciaron las quejas al gobierno, a la inseguridad, que por qué a la buena gente, que yo siempre venía a comprar aquí y que al final siempre pasa lo mismo.

Santiago se quedó sentado en la cama, llorando en seco. En el espejo, Ana vio la foto de los dos hermanos sobre la cómoda. Atravesó la mitad de la cama y se lo enredó en el cuerpo con fuerza
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